miércoles, 1 de abril de 2009

Mi poema de amor.

Un intenso cosquilleo
me provoca tu mirada
y me recorre un deseo
por ti, por todo, por nada.


No tengo ya objetivo
aparte de a ti tenerte
en mis brazos; sólo vivo
por, otro día más, verte.


Tu pelo, caído en tus hombros,
fijación de los más dulces
logros. Bajo los escombros
yo sepulto dos verdades.


Una; no hay para mí
más razón que tu sonrisa
y tu cuerpo; y para ti
soy multitud indecisa.


¡Cuántos fallos cometí,
e hice tantas locuras!
Por causas que fácil ví
nobles, reales, honradas.


Tan profundas y legítimas
las vi, que las perseguí
con el alma y las balas
que yo nunca conseguí.


Dos; te amo y necesito
como el Sol un clavel
Vivo por el infinito.
Por tu amor, Isabel.

martes, 24 de marzo de 2009

CELL

La civilización se sumió en una segunda era de tinieblas por un camino previsible de sangre, aunque a una velocidad que ni el futurista más pesimista podría haber augurado. Fue como si hubiera estado esperando su final. El 1 de octubre, Dios estaba en Su cielo, la Bolsa se situaba en 10.140 puntos, y casi todos los vuelos funcionaban con puntualidad (salvo los que llegaban y salían de Chicago, eso era de esperar). Al cabo de dos semanas, el cielo pertenecía de nuevo a los pájaros y la Bolsa no era más que un recuerdo. En Halloween, todas las ciudades importantes, desde Nueva York hasta Moscú, hedían bajo los cielos desiertos, y el mundo tal como lo conocemos había pasado a la historia.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Juliette.

Juliette, nombre de rosas.
Juliette no bailaba,
movía el mundo bajo sus piernas.
Y él, orgulloso, aceptaba.

Castaña natural, las veces cubierto.
La Luna, exaltada por la belleza,
dejó su marca, así no su pómulo desierto.
Bella, compleja a la mano a la simpleza.

Pero Juliette estaba en soledad.
Cientos la tuvieron en brazos;
miles le hicieron vivir mentirosa verdad.
Solo por ti, Juliette, tus abrazos.

Tanto amó y tanto la amaron
pero sin amor, Juliette, no con amor.
¡Cuántos tus labios rozaron
y cuántos se negaron dándote dolor!

Que se vengue el olvido de mí,
que se olvide el recuerdo certero
si algún día, Juliette, a ti
no amé con un sentir verdadero.

Como no aquellos bandidos,
que en tu cadera prendieron, a tu vera.
Viejos canallas perdidos
en aquel bulevar en la carretera.



(NdA: Poema, relato, corto y canción.)

domingo, 1 de marzo de 2009

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

1

–…y en este día tan importante –continuó –me halaga y enorgullece ser yo el elegido para entregarle a este valiente soldado que arriesgó su vida por mí y por América esta condecoración y el ascenso a teniente.

Los aplausos cubrieron cualquier otro sonido que pudiera haber. El soldado subió al atril, vestido de traje negro con finas líneas verticales blancas, ayudado por sus muletas. Miró en rededor, suspiró tanto que los micrófonos lo recogieron y sacó del bolsillo unos folios. Los flashes de las cámaras le iluminaban desordenada e intermitentemente.

–Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –así comenzó su discurso –. Cuando me alisté en el ejército, jamás pensé que llegaría el día en que ascendería a teniente, ni que el senador me reconocería individualmente.

El discurso no salió de ningún tópico de este tipo de actos. Agradecimientos, promesas, más agradecimientos,… La gente se mantenía inmóvil observando. En un momento del discurso, el ponente paró, miró a los edificios que rodeaban aquella calle y reflexionó unos instantes. Luego continuó, y nadie advirtió que una figura salía del escenario y, aumentando la velocidad mientras se alejaba, se dirigió al edificio de la parte oeste. El discurso continuó, y otra vez Ned Malone se interrumpió unos instantes.

–…y nada me parará en mi objetivo de proteger al senador y a cuantos formamos esta nación que es América –siguió –. Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –dijo, para finalizar. Introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta, esperó, e hizo ademán de marcharse.

La calle se derrumbó en aplausos, incluido el senador. Pero el rostro de éste cambio ligeramente cuando vio de refilón un brillo metálico en una ventana, y bruscamente cuando pudo ver qué era y a aquélla persona haciéndole señas.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

2

“Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, había dicho el soldado homenajeado. Pero aquello no era lo realmente importante para Rob Williams en ese momento. Él había visto algo. Volvió a mirar aquella ventana. Portal diecisiete, noveno piso. El brillo era constante, estaba quieto. Cortinas de círculos rojos y verdes se mecían a merced del viento. Rob miró a su compañero y le dedicó una mirada que ambos entendieron como un ‘voy a comprobar algo’. Rob salió disimuladamente del escenario montado para la ocasión y comenzó a perderse entre la multitud, siempre hacia aquel edificio. Nadie se dio cuenta, ni quiso hacerlo, de que un guardaespaldas salía del escenario, todos estaban demasiado ensimismados con el discurso.

Para su bien, la puerta del portal estaba abierta. Dentro, el aire era frío e impenetrable, y a Rob, pese a su dureza, le transmitió una sensación de oscuridad y de desazón.

A pesar de su forma física, Rob se dio cuenta de que el ascensor siempre sería más rápido habiendo nueves pisos entre medias. Así, lo cogió y en un momento estuvo en la novena planta. Ante él, se abrían dos lados con sendos caminos, ambos idénticos. A la izquierda, los pisos A y B; a la derecha, los pisos C y D. Sería a la izquierda, eso lo sabía con toda seguridad, esa parte era la que daba a la calle donde se celebraba el acto, pero no sabía cual de las dos sería. Puso el oído sobre la puerta B y no oyó nada. No como cuando lo puso sobre la A, en la que oyó gente discutiendo, dos o tres, pero tampoco a viva voz. Tocó en la puerta y esperó. Podría haber esperado años allí, nadie le abriría. Toco otra vez, y lo mismo. Más fuerte, pero nada. Tomó algo de carrerilla, y gracias a su musculatura, tiró abajo la puerta.

El panorama era el de un piso descuidado y sucio. Montones de papeles se repartían desordenadamente por el suelo, y en las paredes había innumerables manchas oscuras y humedades. Y las voces seguían. Y Rob las siguió a ellas. Provenían de una habitación al fondo del pasillo principal que se había encontrado nada más entrar. La puerta estaba cerrada, y tan demacrada y sucia como las demás. Tomó el pomo con delicadeza y, sin inmutarse, abrió.

En el cuarto había solamente una mesa de madera. Ni sillas, ni alfombras, ni armarios, ni nada más. Una mesa y, claro, una ventana. Y encima de la mesa,

(las voces)

una grabadora.

“Joder, en funcionamiento”, se dijo Rob. La ventana estaba cerrada. Buscó otra habitación que tuviera ventana a esa calle y sólo encontró una más, un dormitorio infantil pobremente decorado. Y la ventana también estaba cerrada y no tenía cortinas. Miró a través de ellas y vio cómo aún el soldado seguía hablando, y cómo el público atendía en silencio. Rob golpeó furiosamente la pared, y un puñadito de polvo se desprendió de ésta. “Es el otro”.

Salió de aquel piso rápidamente y, sin esperar, tiró la puerta abajo. Rob paró un momento; le sorprendió ver que la decoración y suciedad de aquel piso era exactamente igual al otro. Los papeles ahora se le antojaban ordenados y colocados y las manchas que recordaba se repetían ahora en la pared. Entonces, Rob se dirigió a la primera habitación que había registrado en el otro piso. Y allí estaba. La ventana de cortinas de círculos rojos y verdes. Y el brillo. Frente a la ventana, un arma francotirador apuntaba al cielo, sin ningún hombre para dispararla. Rob se asomó y vio lo mismo que había visto antes. El discurso, pensó, estaría a punto de terminar. Fijó la vista en el que hablaba.

“Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, dijo, y con eso, finalizó. Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y Rob no dio crédito a lo que pasó después. Casualmente, o no, cuando el público empezó a aplaudir, el arma, lentamente comenzó a girar, fijando su punto de mira en el hombre a la izquierda del soldado. El senador. Rob tiró de la máquina con todas sus fuerzas, pero ella no paró en su recorrido. Entonces, él sacó el tronco por la ventana y comenzó a mover los brazos y a gritar. Afortunadamente, el senador le vio, pero no a tiempo.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

3

El público comenzó a gritar, los más histéricos a gritar, y a correr en todas direcciones. Uno de los que guardaba la seguridad del evento se acercó al cuerpo caído del senador y comprobó que, por suerte, el disparo no le había dado (“Maldita sea”, pensó El Criminal). Éste le indicó dónde había visto el arma y una brigada de policías se fue al lugar. Cuando estuvieron arriba, detuvieron a la única persona que encontraron.

Mientras, abajo, sus numerosos guardaespaldas le aconsejaron entrar debajo del escenario, y así lo hicieron él, Ned Malone y varios de seguridad. Allí abajo, la luz era débil y el agujero que había hecho la bala hacía una raya de luz nítida. Aunque no costaba mantenerse de pie, aunque algunos tocaran el techo con la cabeza, se sentaron, apoyando la espalda en las diversa barras de metal que formaban la estructura del escenario.

Hubo numerosas intervenciones, la mayoría preguntando por la salud de las figuras importantes, pero entonces entró un policía, informando de que habían encontrado a un tipo con varios kilos de explosivos corriendo hacia el escenario.

–Fue absurdo –relató –. Simplemente absurdo. Corría gritando, y en cuanto le cogimos, en vez de activar la carga, siguió gritando. De hecho, no le hemos encontrado el activador, no sé si ni siquiera llevará. Estaba loco.

El agente se marchó y el silencio volvió a inundar el interior de aquella telaraña metálica.

–Realmente debía de estar loco –comentó el senador, apaciguando el ambiente.

–¿Por qué? –quiso saber Ned.

–Querer quitarse la vida, y hacerlo de una forma tan… inútil y descarada.

–Eso no es estar loco –sentenció firmemente Ned –. En verdad, aún no perdió el momento. Simplemente, es luchar por unos objetivos que no se dan en toda la sociedad. Luchar por algo que la mayoría no acepta.

–Jesús, ¡pero pone en peligro la vida de otros aparte de la suya!

–Bien… Entonces, sí, puede que todos nos volvamos locos en algún punto de nuestra vida. Y más usted, con su ingenua invasión a otros países…

–¡No le consiento que…! –le interrumpió.

–Silencio –le devolvió la interrupción, éste mucho más calmado –. Nadie elige querer matar a alguien. En todo caso, es ese ‘alguien’ quien hace que una persona le quiera matar. Y usted ha hecho lo suyo.

–¿Me está diciendo que…?

–Que se calle –Ned se levantó –. Por favor –y le dedicó una sonrisa amable –. Unos enloquecen cuando empiezan a respirar, y nacen asesinos, viles y crueles. Otros, cuando están próximos a morir. Permítame hacerle una demostración.

Anduvo lentamente, y se paró cuando la raya de luz que provenía del agujero le atravesaba. Miró al frente, e imitó de forma absurda la firmeza de los soldados.

–¿Cree que yo estoy loco? –dijo –. ¿Lo cree usted, acaso?

El senador balbuceó y no acertó a pronunciar ninguna palabra inteligible.

–Compruébelo. No ahora. Espere –dicho esto, se sacó del bolsillo de la chaqueta un dispositivo gris con dos botones rojos. Con la mano con la que lo sujetaba, hizo un gesto de despedida, y pulsó el botón de más abajo.

Él no se intentó apartar, un disparo silenció al público presente, y una bala surcó el cielo.

4

Tras aquella macabra escena, pasaron unos minutos en silencio, rodeando aquel cuerpo, habitado por aquella mente tan loca y a la vez maravillosa, que sangraba sin fin.

Unos policías les dieron salida a todos y, uno por uno, fueron saliendo de allí. Por fin, parecía que todo había terminado.

De camino al furgón que le llevaría a su hogar, un agente de policía le indicó, señalando un coche patrulla que se encontraba cercano, dónde se encontraba el hombre que había intentado suicidarse. Desde allí se oían los gritos.

Entonces, se asomó a la ventana cerrada un rostro frívolo, de dientes amarillentos, que seguía gritando cosas apenas entendibles.

“En verdad, aún no perdió el momento”, había dicho Ned, y el senador lo recordó. Lo recordó, sí, pero de poco sirvió. El coche patrulla estalló en mil pedazos, llevándose la vida de cuantos había allí presentes.

Nadie se intentó apartar. Ningún disparó silenció a nadie y no, ninguna bala surcó el cielo.

jueves, 26 de febrero de 2009

Un cuerpo, un disparo y una ventana rota.

1

–Sí –dijo él, aún algo conmocionado por los sucesos acontecidos –, yo lo vi. Le observé entrar, no le dí importancia. Cuando pasé por delante, me sorprendió ver la puerta cerrada. Conseguí forzarla y, al entrar, estaba allí con la… la… –tartamudeó –. La pistola apuntando a su sien. Y también estaba el cuerpo. Lleno de sangre el suelo, su cuerpo e incluso la pared en la que se apoyaba. Cuando fui a por él, se subió al alféizar de la ventana, con la pistola aún en su cabeza –paró. Tomó aire. La respiración empezaba a entrecortársele –. Sin esperar, ni a despedida ni reclamo, apretó el gatillo y cayó.

2

La chica había recogido las cosas cuando El Asesino entró. Llevaba su cartera habitual, negra y vieja.

–¿Qué haces aquí? Sabes que ya nadie puede estar aquí –le recriminó.

–Perdona, estoy recogiendo unas cosas que había olvidado –se justificó ella. Aunque sabía que lo que hacía allí era esperar a su novio.

–Date prisa.

Ella hizo como si ordenara su pupitre, esperando a que él se fuera. Desordenó y ordenó sus diccionarios, sacó libros de la mochila y los volvió a introducir en ella, pero El Asesino lo advirtió.

–Ese libro lo has metido ya dos veces. ¿Te crees que soy tonto, niña?

El Asesino se acercó a ella, casi trotando, la agarró de un brazo y la empujó contra la pared. Le dio una bofetada que la desplazó hasta el pupitre más cercano, e hizo arrastrar también la silla correspondiente, haciendo que ésta chirriara contra el suelo.

–Tu noviecito me ha jodido, me ha jodido, sí. Y tú vas a pagarlo, sí, claro que vas a pagarlo.

Ella sabía de qué hablaba, sabía que se molestaría, pero no que haría esto. Así se llevaría otra denuncia. Intentó levantarse y correr hacia la puerta, pero El Asesino la golpeó y sus zapatillas resbalaron en los azulejos del suelo.

–¡Déjame en paz! –clamó entre sollozos ella.

–¡CÁLLATE! –bramó El Asesino. Aquel grito silenció, por completo y para siempre, a la chica.

El Asesino desenfundó una pistola de donde ella no pudo ver y disparó a bocajarro a la chica. Sólo fue uno, pero efectivo. A la cabeza, desde muy poca distancia. La sangre de la chica se esparció por todo el suelo y por toda la pared. Y no volvería a levantarse.


3

Pasó por delante del chico, pero él no le vio hasta que ya estaba lo suficientemente lejos como para saber que llegaría tarde. Él estaba en el patio, y cuando lo vio, El Asesino estaba ya cerca de las ventanas del segundo piso. Sabía lo que haría. Él quería venganza y la tomaría, pero el chico no sabía cuando. Aún así, no podía quedarse allí.

Corrió lo más rápido que pudo, por las primeras escaleras que encontró, que desgraciadamente eran las que se hallaban más lejos de la clase donde ella le estaba esperando. Cuando llegó al primer piso, se planteó ir por otra escalera, pero decidió que aquella idea sólo le haría perder el tiempo.

En el segundo piso, todo estaba vacío. Paró para escuchar. Se ajustó los guantes de cuero que llevaba; aguzó el oído y no le costó oír los gritos de los dos, unos de poder y otros de horror, en la clase donde habían quedado. Corrió, corrió, corrió,…

El Asesino querría tomarse la venganza por la denuncia que el chico le había puesto, pues fue descubierto abusando de algunos alumnos. A pesar de ello, aún la demanda no había tomado forma en el juzgado, aún se estaba procesando, pero él quería venganza, claro. Corrió, corrió, corrió…

…y el sonido del disparo le frenó.

Unos instantes, momentáneamente, pero le frenó. Continuó después, pero estuvo quieto, paralizado por el miedo, sin saber quién habría disparado y quien recibido la bala. Siguió corriendo, y quiso llegar a la clase donde oyó el disparo, pero algo le hizo aminorar la velocidad cuando llegó a la hilera de ventanas que precedía a la puerta de la clase. Se agachó para que nadie le viera la cabeza desde dentro y cuando llegó, comprobó silenciosamente que la puerta estaba cerrada. Puso el oído en la puerta, y no oyó nada. Contó hasta tres (uno, dos, tres) y tiró la puerta abajo. Y allí estaba él. Y el miedo le heló la sangre y la tristeza, el alma. Porque allí estaba ella, tirada en el suelo, apoyada en la pared, como esperándole en silencio, cubierta de sangre.

-¡Cabrón! –gritó entre lágrimas. Y el otro rió -. ¡Te mataré! –y siguió riendo.

El chico se tiró hacia El Asesino. Forcejearon durante unos momentos, hasta que el que portaba la pistola golpeó al otro con ella. Ahora al chico le sangraba levemente la mejilla.

-¿Pensabas que pasaría esto, niñato? –rió -. Yo sí.

Y siguió riendo. Entonces, mientras el chico se levantaba, disparó…

…disparó a la ventana, que se rompió en mil pedazos. El Asesino se acercó al chico, lo agarró y lo arrojó a la ventana.

-Sube –le ordenó -. ¡Sube! –le golpeó en la nuca. El chico, obedeció.

-La… la quitaré. Yo… lo siento…

Y El Asesino rió. Y siguió riendo. Sin pedir explicación, disparó. El chico emitió un grito ahogado y cayó al suelo. El Asesino tiró el arma, que cayó cerca del cuerpo. Se quitó los guantes, y se los guardó en los pantalones, para quemarlos más tarde. Todo había sido fácil. Ahora bajaría y llamaría a la policía.

La Moncloa, ¡otaku!

Gracias a una fuente bastante fiable, y a los que mando un saludazo (Ramen Para Dos), un rumor que se habría confirmado ya sería que la hija de nuestro presidente del gobierno es otaku y seguidora del manga y anime Death Note.
Según mi fuente, en el Mochitsuki 2009, 'uno de los representantes de la comunidad japonesa en Madrid comentó en su discurso que cuando coincidió con Zapatero, éste le confirmó que una de sus hijas era una enamorada de la cultura japonesa'.
Esto, empero, no es nada raro, dado que cada vez más adolescentes se aficionan a estos dibujos extranjeros tan característicos.
De nuestra parte, y seguramente de todos los blogs que publican esta 'curiosidad', no noticia, dado que no es nada nuevo, queremos mandarle un saludo a esta joven otaku.

Sorpresa, venganza, y una extraña visión.

Los encargados daban de comer ahora a los gatos. En el patio, una apestosa mezcla de pescado algo pasado, que habían tirado los humanos, era devorada por una manada de felinos. En la puerta, discretos, dos de ellos, a modo de guardianes en aquel entramado plan.

Entonces, los animales rodearon a los encargados que se vieron reducidos y obligados a caer como fichas de dominó en la asquerosa comida que, desganados, habían servido a los gatos. La muchedumbre animal, lo que menos cuantiosa, empezó a reducirse cuando algunos de ellos, se fueron de aquel patio, quedando reducida a muy pocos de ellos, velando a los humanos, que seguían demasiado atemorizados como para reaccionar. Sólo uno de ellos…

Una parte de los gatos que habían salido del patio comenzaban a abrir las celdas de sus colegas enjaulados. Perros, conejos, aves pequeñas, roedores,… toda una selva que ahora se liberaba y apresaba a los humanos, tras años de encarcelamiento en aquella perrera (la tienda tenía el nombre de Perrera Yoni&Bros., pero ciertamente allí lo que menos había eran canes).

Los restantes, iban entrando en las oficinas, sino hábilmente por las puertas, por las ventanas que el calor animaba a dejar abiertas. Iban bien organizados, tres por cada sala, y si había algún humano allí, lo reducían con admirable facilidad.

En la sala de las jaulas, habían aparecido rápidamente los gordos jefes de seguridad, que emplearon una fuerte violencia con los animales. Apenas dio a dos de ellos, pues éstos rápidamente les pagaron con la misma moneda, y quedaron tumbados en el suelo en un charco de sangre.

La recepcionista intentó marcar el número de la policía y avisar de tal hecho, a la vez tan increíble y real, pero, por supuesto, una estudiante que se sacaba un dinero trabajando de mala gana en verano allí mientras intentaba pagar su piso en la Quinta Avenida, fue pasto de los animales, y cayó al suelo derrotada, no muerta. Los animales no pensaban utilizar la violencia, salvo que se vieran obligados, como había ocurrido con los de seguridad.

En el patio, imprevisiblemente, un fornido muchacho había conseguido escapar, dejando tras de sí algún cadáver de animal y otros más heridos, y corría ya la entrada. Claro que allí los animales le bloquearon la salida y el humano gritó a viva voz: “¿Qué queréis?”.

No halló respuesta, aún estaba cuerdo. Oír hablar a los animales sería mucho peor que aquello. Aún así, un pajarillo que volaba por allí pió y se abalanzó hacía él, y aquel sonido pudo oírse como un: “Venganza”.

Los animales pronto le tomaron y, sin darse cuenta el humano, le sacaron a la puerta de la calle, y lo tiraron allí. El humano sacó fuerzas de flaqueza para alzar la vista. En la calle, coche se habían salido de la carretera, los que menos echaban humo, los que más ardían. Los perros, gatos y demás animales terrestres actuaban como normales peatones, lo pajarillos surcaban el cielo de la ciudad, y la locura el de aquel pobre infeliz humano.