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domingo, 1 de marzo de 2009

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

1

–…y en este día tan importante –continuó –me halaga y enorgullece ser yo el elegido para entregarle a este valiente soldado que arriesgó su vida por mí y por América esta condecoración y el ascenso a teniente.

Los aplausos cubrieron cualquier otro sonido que pudiera haber. El soldado subió al atril, vestido de traje negro con finas líneas verticales blancas, ayudado por sus muletas. Miró en rededor, suspiró tanto que los micrófonos lo recogieron y sacó del bolsillo unos folios. Los flashes de las cámaras le iluminaban desordenada e intermitentemente.

–Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –así comenzó su discurso –. Cuando me alisté en el ejército, jamás pensé que llegaría el día en que ascendería a teniente, ni que el senador me reconocería individualmente.

El discurso no salió de ningún tópico de este tipo de actos. Agradecimientos, promesas, más agradecimientos,… La gente se mantenía inmóvil observando. En un momento del discurso, el ponente paró, miró a los edificios que rodeaban aquella calle y reflexionó unos instantes. Luego continuó, y nadie advirtió que una figura salía del escenario y, aumentando la velocidad mientras se alejaba, se dirigió al edificio de la parte oeste. El discurso continuó, y otra vez Ned Malone se interrumpió unos instantes.

–…y nada me parará en mi objetivo de proteger al senador y a cuantos formamos esta nación que es América –siguió –. Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –dijo, para finalizar. Introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta, esperó, e hizo ademán de marcharse.

La calle se derrumbó en aplausos, incluido el senador. Pero el rostro de éste cambio ligeramente cuando vio de refilón un brillo metálico en una ventana, y bruscamente cuando pudo ver qué era y a aquélla persona haciéndole señas.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

2

“Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, había dicho el soldado homenajeado. Pero aquello no era lo realmente importante para Rob Williams en ese momento. Él había visto algo. Volvió a mirar aquella ventana. Portal diecisiete, noveno piso. El brillo era constante, estaba quieto. Cortinas de círculos rojos y verdes se mecían a merced del viento. Rob miró a su compañero y le dedicó una mirada que ambos entendieron como un ‘voy a comprobar algo’. Rob salió disimuladamente del escenario montado para la ocasión y comenzó a perderse entre la multitud, siempre hacia aquel edificio. Nadie se dio cuenta, ni quiso hacerlo, de que un guardaespaldas salía del escenario, todos estaban demasiado ensimismados con el discurso.

Para su bien, la puerta del portal estaba abierta. Dentro, el aire era frío e impenetrable, y a Rob, pese a su dureza, le transmitió una sensación de oscuridad y de desazón.

A pesar de su forma física, Rob se dio cuenta de que el ascensor siempre sería más rápido habiendo nueves pisos entre medias. Así, lo cogió y en un momento estuvo en la novena planta. Ante él, se abrían dos lados con sendos caminos, ambos idénticos. A la izquierda, los pisos A y B; a la derecha, los pisos C y D. Sería a la izquierda, eso lo sabía con toda seguridad, esa parte era la que daba a la calle donde se celebraba el acto, pero no sabía cual de las dos sería. Puso el oído sobre la puerta B y no oyó nada. No como cuando lo puso sobre la A, en la que oyó gente discutiendo, dos o tres, pero tampoco a viva voz. Tocó en la puerta y esperó. Podría haber esperado años allí, nadie le abriría. Toco otra vez, y lo mismo. Más fuerte, pero nada. Tomó algo de carrerilla, y gracias a su musculatura, tiró abajo la puerta.

El panorama era el de un piso descuidado y sucio. Montones de papeles se repartían desordenadamente por el suelo, y en las paredes había innumerables manchas oscuras y humedades. Y las voces seguían. Y Rob las siguió a ellas. Provenían de una habitación al fondo del pasillo principal que se había encontrado nada más entrar. La puerta estaba cerrada, y tan demacrada y sucia como las demás. Tomó el pomo con delicadeza y, sin inmutarse, abrió.

En el cuarto había solamente una mesa de madera. Ni sillas, ni alfombras, ni armarios, ni nada más. Una mesa y, claro, una ventana. Y encima de la mesa,

(las voces)

una grabadora.

“Joder, en funcionamiento”, se dijo Rob. La ventana estaba cerrada. Buscó otra habitación que tuviera ventana a esa calle y sólo encontró una más, un dormitorio infantil pobremente decorado. Y la ventana también estaba cerrada y no tenía cortinas. Miró a través de ellas y vio cómo aún el soldado seguía hablando, y cómo el público atendía en silencio. Rob golpeó furiosamente la pared, y un puñadito de polvo se desprendió de ésta. “Es el otro”.

Salió de aquel piso rápidamente y, sin esperar, tiró la puerta abajo. Rob paró un momento; le sorprendió ver que la decoración y suciedad de aquel piso era exactamente igual al otro. Los papeles ahora se le antojaban ordenados y colocados y las manchas que recordaba se repetían ahora en la pared. Entonces, Rob se dirigió a la primera habitación que había registrado en el otro piso. Y allí estaba. La ventana de cortinas de círculos rojos y verdes. Y el brillo. Frente a la ventana, un arma francotirador apuntaba al cielo, sin ningún hombre para dispararla. Rob se asomó y vio lo mismo que había visto antes. El discurso, pensó, estaría a punto de terminar. Fijó la vista en el que hablaba.

“Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, dijo, y con eso, finalizó. Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y Rob no dio crédito a lo que pasó después. Casualmente, o no, cuando el público empezó a aplaudir, el arma, lentamente comenzó a girar, fijando su punto de mira en el hombre a la izquierda del soldado. El senador. Rob tiró de la máquina con todas sus fuerzas, pero ella no paró en su recorrido. Entonces, él sacó el tronco por la ventana y comenzó a mover los brazos y a gritar. Afortunadamente, el senador le vio, pero no a tiempo.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

3

El público comenzó a gritar, los más histéricos a gritar, y a correr en todas direcciones. Uno de los que guardaba la seguridad del evento se acercó al cuerpo caído del senador y comprobó que, por suerte, el disparo no le había dado (“Maldita sea”, pensó El Criminal). Éste le indicó dónde había visto el arma y una brigada de policías se fue al lugar. Cuando estuvieron arriba, detuvieron a la única persona que encontraron.

Mientras, abajo, sus numerosos guardaespaldas le aconsejaron entrar debajo del escenario, y así lo hicieron él, Ned Malone y varios de seguridad. Allí abajo, la luz era débil y el agujero que había hecho la bala hacía una raya de luz nítida. Aunque no costaba mantenerse de pie, aunque algunos tocaran el techo con la cabeza, se sentaron, apoyando la espalda en las diversa barras de metal que formaban la estructura del escenario.

Hubo numerosas intervenciones, la mayoría preguntando por la salud de las figuras importantes, pero entonces entró un policía, informando de que habían encontrado a un tipo con varios kilos de explosivos corriendo hacia el escenario.

–Fue absurdo –relató –. Simplemente absurdo. Corría gritando, y en cuanto le cogimos, en vez de activar la carga, siguió gritando. De hecho, no le hemos encontrado el activador, no sé si ni siquiera llevará. Estaba loco.

El agente se marchó y el silencio volvió a inundar el interior de aquella telaraña metálica.

–Realmente debía de estar loco –comentó el senador, apaciguando el ambiente.

–¿Por qué? –quiso saber Ned.

–Querer quitarse la vida, y hacerlo de una forma tan… inútil y descarada.

–Eso no es estar loco –sentenció firmemente Ned –. En verdad, aún no perdió el momento. Simplemente, es luchar por unos objetivos que no se dan en toda la sociedad. Luchar por algo que la mayoría no acepta.

–Jesús, ¡pero pone en peligro la vida de otros aparte de la suya!

–Bien… Entonces, sí, puede que todos nos volvamos locos en algún punto de nuestra vida. Y más usted, con su ingenua invasión a otros países…

–¡No le consiento que…! –le interrumpió.

–Silencio –le devolvió la interrupción, éste mucho más calmado –. Nadie elige querer matar a alguien. En todo caso, es ese ‘alguien’ quien hace que una persona le quiera matar. Y usted ha hecho lo suyo.

–¿Me está diciendo que…?

–Que se calle –Ned se levantó –. Por favor –y le dedicó una sonrisa amable –. Unos enloquecen cuando empiezan a respirar, y nacen asesinos, viles y crueles. Otros, cuando están próximos a morir. Permítame hacerle una demostración.

Anduvo lentamente, y se paró cuando la raya de luz que provenía del agujero le atravesaba. Miró al frente, e imitó de forma absurda la firmeza de los soldados.

–¿Cree que yo estoy loco? –dijo –. ¿Lo cree usted, acaso?

El senador balbuceó y no acertó a pronunciar ninguna palabra inteligible.

–Compruébelo. No ahora. Espere –dicho esto, se sacó del bolsillo de la chaqueta un dispositivo gris con dos botones rojos. Con la mano con la que lo sujetaba, hizo un gesto de despedida, y pulsó el botón de más abajo.

Él no se intentó apartar, un disparo silenció al público presente, y una bala surcó el cielo.

4

Tras aquella macabra escena, pasaron unos minutos en silencio, rodeando aquel cuerpo, habitado por aquella mente tan loca y a la vez maravillosa, que sangraba sin fin.

Unos policías les dieron salida a todos y, uno por uno, fueron saliendo de allí. Por fin, parecía que todo había terminado.

De camino al furgón que le llevaría a su hogar, un agente de policía le indicó, señalando un coche patrulla que se encontraba cercano, dónde se encontraba el hombre que había intentado suicidarse. Desde allí se oían los gritos.

Entonces, se asomó a la ventana cerrada un rostro frívolo, de dientes amarillentos, que seguía gritando cosas apenas entendibles.

“En verdad, aún no perdió el momento”, había dicho Ned, y el senador lo recordó. Lo recordó, sí, pero de poco sirvió. El coche patrulla estalló en mil pedazos, llevándose la vida de cuantos había allí presentes.

Nadie se intentó apartar. Ningún disparó silenció a nadie y no, ninguna bala surcó el cielo.

jueves, 26 de febrero de 2009

Un cuerpo, un disparo y una ventana rota.

1

–Sí –dijo él, aún algo conmocionado por los sucesos acontecidos –, yo lo vi. Le observé entrar, no le dí importancia. Cuando pasé por delante, me sorprendió ver la puerta cerrada. Conseguí forzarla y, al entrar, estaba allí con la… la… –tartamudeó –. La pistola apuntando a su sien. Y también estaba el cuerpo. Lleno de sangre el suelo, su cuerpo e incluso la pared en la que se apoyaba. Cuando fui a por él, se subió al alféizar de la ventana, con la pistola aún en su cabeza –paró. Tomó aire. La respiración empezaba a entrecortársele –. Sin esperar, ni a despedida ni reclamo, apretó el gatillo y cayó.

2

La chica había recogido las cosas cuando El Asesino entró. Llevaba su cartera habitual, negra y vieja.

–¿Qué haces aquí? Sabes que ya nadie puede estar aquí –le recriminó.

–Perdona, estoy recogiendo unas cosas que había olvidado –se justificó ella. Aunque sabía que lo que hacía allí era esperar a su novio.

–Date prisa.

Ella hizo como si ordenara su pupitre, esperando a que él se fuera. Desordenó y ordenó sus diccionarios, sacó libros de la mochila y los volvió a introducir en ella, pero El Asesino lo advirtió.

–Ese libro lo has metido ya dos veces. ¿Te crees que soy tonto, niña?

El Asesino se acercó a ella, casi trotando, la agarró de un brazo y la empujó contra la pared. Le dio una bofetada que la desplazó hasta el pupitre más cercano, e hizo arrastrar también la silla correspondiente, haciendo que ésta chirriara contra el suelo.

–Tu noviecito me ha jodido, me ha jodido, sí. Y tú vas a pagarlo, sí, claro que vas a pagarlo.

Ella sabía de qué hablaba, sabía que se molestaría, pero no que haría esto. Así se llevaría otra denuncia. Intentó levantarse y correr hacia la puerta, pero El Asesino la golpeó y sus zapatillas resbalaron en los azulejos del suelo.

–¡Déjame en paz! –clamó entre sollozos ella.

–¡CÁLLATE! –bramó El Asesino. Aquel grito silenció, por completo y para siempre, a la chica.

El Asesino desenfundó una pistola de donde ella no pudo ver y disparó a bocajarro a la chica. Sólo fue uno, pero efectivo. A la cabeza, desde muy poca distancia. La sangre de la chica se esparció por todo el suelo y por toda la pared. Y no volvería a levantarse.


3

Pasó por delante del chico, pero él no le vio hasta que ya estaba lo suficientemente lejos como para saber que llegaría tarde. Él estaba en el patio, y cuando lo vio, El Asesino estaba ya cerca de las ventanas del segundo piso. Sabía lo que haría. Él quería venganza y la tomaría, pero el chico no sabía cuando. Aún así, no podía quedarse allí.

Corrió lo más rápido que pudo, por las primeras escaleras que encontró, que desgraciadamente eran las que se hallaban más lejos de la clase donde ella le estaba esperando. Cuando llegó al primer piso, se planteó ir por otra escalera, pero decidió que aquella idea sólo le haría perder el tiempo.

En el segundo piso, todo estaba vacío. Paró para escuchar. Se ajustó los guantes de cuero que llevaba; aguzó el oído y no le costó oír los gritos de los dos, unos de poder y otros de horror, en la clase donde habían quedado. Corrió, corrió, corrió,…

El Asesino querría tomarse la venganza por la denuncia que el chico le había puesto, pues fue descubierto abusando de algunos alumnos. A pesar de ello, aún la demanda no había tomado forma en el juzgado, aún se estaba procesando, pero él quería venganza, claro. Corrió, corrió, corrió…

…y el sonido del disparo le frenó.

Unos instantes, momentáneamente, pero le frenó. Continuó después, pero estuvo quieto, paralizado por el miedo, sin saber quién habría disparado y quien recibido la bala. Siguió corriendo, y quiso llegar a la clase donde oyó el disparo, pero algo le hizo aminorar la velocidad cuando llegó a la hilera de ventanas que precedía a la puerta de la clase. Se agachó para que nadie le viera la cabeza desde dentro y cuando llegó, comprobó silenciosamente que la puerta estaba cerrada. Puso el oído en la puerta, y no oyó nada. Contó hasta tres (uno, dos, tres) y tiró la puerta abajo. Y allí estaba él. Y el miedo le heló la sangre y la tristeza, el alma. Porque allí estaba ella, tirada en el suelo, apoyada en la pared, como esperándole en silencio, cubierta de sangre.

-¡Cabrón! –gritó entre lágrimas. Y el otro rió -. ¡Te mataré! –y siguió riendo.

El chico se tiró hacia El Asesino. Forcejearon durante unos momentos, hasta que el que portaba la pistola golpeó al otro con ella. Ahora al chico le sangraba levemente la mejilla.

-¿Pensabas que pasaría esto, niñato? –rió -. Yo sí.

Y siguió riendo. Entonces, mientras el chico se levantaba, disparó…

…disparó a la ventana, que se rompió en mil pedazos. El Asesino se acercó al chico, lo agarró y lo arrojó a la ventana.

-Sube –le ordenó -. ¡Sube! –le golpeó en la nuca. El chico, obedeció.

-La… la quitaré. Yo… lo siento…

Y El Asesino rió. Y siguió riendo. Sin pedir explicación, disparó. El chico emitió un grito ahogado y cayó al suelo. El Asesino tiró el arma, que cayó cerca del cuerpo. Se quitó los guantes, y se los guardó en los pantalones, para quemarlos más tarde. Todo había sido fácil. Ahora bajaría y llamaría a la policía.

Sorpresa, venganza, y una extraña visión.

Los encargados daban de comer ahora a los gatos. En el patio, una apestosa mezcla de pescado algo pasado, que habían tirado los humanos, era devorada por una manada de felinos. En la puerta, discretos, dos de ellos, a modo de guardianes en aquel entramado plan.

Entonces, los animales rodearon a los encargados que se vieron reducidos y obligados a caer como fichas de dominó en la asquerosa comida que, desganados, habían servido a los gatos. La muchedumbre animal, lo que menos cuantiosa, empezó a reducirse cuando algunos de ellos, se fueron de aquel patio, quedando reducida a muy pocos de ellos, velando a los humanos, que seguían demasiado atemorizados como para reaccionar. Sólo uno de ellos…

Una parte de los gatos que habían salido del patio comenzaban a abrir las celdas de sus colegas enjaulados. Perros, conejos, aves pequeñas, roedores,… toda una selva que ahora se liberaba y apresaba a los humanos, tras años de encarcelamiento en aquella perrera (la tienda tenía el nombre de Perrera Yoni&Bros., pero ciertamente allí lo que menos había eran canes).

Los restantes, iban entrando en las oficinas, sino hábilmente por las puertas, por las ventanas que el calor animaba a dejar abiertas. Iban bien organizados, tres por cada sala, y si había algún humano allí, lo reducían con admirable facilidad.

En la sala de las jaulas, habían aparecido rápidamente los gordos jefes de seguridad, que emplearon una fuerte violencia con los animales. Apenas dio a dos de ellos, pues éstos rápidamente les pagaron con la misma moneda, y quedaron tumbados en el suelo en un charco de sangre.

La recepcionista intentó marcar el número de la policía y avisar de tal hecho, a la vez tan increíble y real, pero, por supuesto, una estudiante que se sacaba un dinero trabajando de mala gana en verano allí mientras intentaba pagar su piso en la Quinta Avenida, fue pasto de los animales, y cayó al suelo derrotada, no muerta. Los animales no pensaban utilizar la violencia, salvo que se vieran obligados, como había ocurrido con los de seguridad.

En el patio, imprevisiblemente, un fornido muchacho había conseguido escapar, dejando tras de sí algún cadáver de animal y otros más heridos, y corría ya la entrada. Claro que allí los animales le bloquearon la salida y el humano gritó a viva voz: “¿Qué queréis?”.

No halló respuesta, aún estaba cuerdo. Oír hablar a los animales sería mucho peor que aquello. Aún así, un pajarillo que volaba por allí pió y se abalanzó hacía él, y aquel sonido pudo oírse como un: “Venganza”.

Los animales pronto le tomaron y, sin darse cuenta el humano, le sacaron a la puerta de la calle, y lo tiraron allí. El humano sacó fuerzas de flaqueza para alzar la vista. En la calle, coche se habían salido de la carretera, los que menos echaban humo, los que más ardían. Los perros, gatos y demás animales terrestres actuaban como normales peatones, lo pajarillos surcaban el cielo de la ciudad, y la locura el de aquel pobre infeliz humano.

lunes, 2 de febrero de 2009

Descenso. Relato en dos actos. Primera parte.

Nota del autor:

Cuando lean este relato, podrán darse cuenta, sobre todo ciertas personas, que existen nombres característicos. Pues bien, esto está basado en una 'historia real', ocurrida en el verano de 2008, en mi casa. A esas personas, bueno, que se diviertan, pues lo escribo con tinta de mi Alma, especialmente para vosotros. Que vuestro calor nunca deje de alentarme.



La mazmorra era inmensa. Los intrépidos aventureros Dune, Lhy, Monario, Saikon, Ahriel y Nigro la exploraban, dispuesto a encontrar a sus cautivos amigos Zhie, Sasazuka y Ath, que habían sido apresados por el Dragón Negro en la primera exploración.

Mientras avanzaban, la elfa Elibella les guiaba por transmisor. Según ésta, aún deberían quedar dos salas hacia delante, y luego habría que buscar el camino, pues ahí se tuvo la última noticia de los tres.

El humano Monario se hallaba frente a la puerta que les conduciría a la primera sala. Cuando se abrió, la puerta emitió un crujido que se ahogó en la interminable oscuridad.

Ahriel, a los lados –susurró.

Ahriel alzó ambos brazos, uno a cada lado, y unas antorchas iluminaron una larga sala. En ella, dormitaban tres tigres dientes de sable. Nigro, que lideraba ahora la comitiva, señaló al más cercano y se acercó con su incondicional sigilo. Cuando se halló a unos centímetros de la bestia, echó la vista atrás.

Los otros asintieron y desenfundaron sus armas. Espada, Dune; mágicos bastones, Ahriel y Lhy; como arma un hacha sacó Monario; un martillo Saikon. Nigro desenfundó dos afiladas dagas silenciosamente, y asintió también.

Rápida, silenciosa y definidamente, asestó dos golpes en el cuello al animal, que aulló en el umbral de la muerte. Los otros dos se despertaron.

A la legua veíase que uno era cuantiosamente de mayor tamaño al otro, al más cercano al grupo. Nigro y Dune avanzaron primero, saltando contra el primero. Con varios golpes consiguieron dañarlo gravemente, pero se mantuvo en pie. Saikon y Monario golpearon al otro, pero éste era fuerte y robusto, y dejó inconsciente a Monario y a Saikon lo expulsó a unos siete metros, cerca del otro, que le golpeó duramente, antes de que Dune le asestara el golpe final.

Dune y Nigro se acercaron al último, y consiguieron herirlo pero tampoco tuvieron suerte, y, rabiosamente, el tigre les devolvió el golpe.

Con lo cuatro guerreros en el suelo, corrió hacia Lhy y Ahriel, que se preparaban en posición defensiva. Ahriel le lanzó un hechizo que consiguió frenarle, pero cuando se recuperó, se lanzó hacia ella y la sujetó contra el suelo. Forcejearon, hasta que la muchacha sintió el hedor de la boca de la bestia a pocos centímetros de ella.

Entonces, cuando el tigre se proponía morderle el cráneo, un fuerte y severo hechizo producido por Lhy alejó e hirió a la bestia. Los cuatro guerreros, que se habían recuperado observando la escena, se abalanzaron sobre el tigre, que se hallaba indefenso.

Saikon dio el último golpe.

Su hacha atravesó el cuello de la bestia y, cuando levantó el arma, la cabeza se separó del tronco.

Lhy ayudó a Ahriel a levantarse. “Gracias”, dijo ésta.

************

La mayoría de las heridas eran superficiales, salvo una pequeña fractura de muñeca que sufría Dune. La batalla con los tigres había sido algo rápida, pero sufrida y dura. Esperaron unos instantes en la sala, reponiendo fuerzas, pero lo justo, pues sabían que no había tiempo que perder. “En la siguiente sala”, les informó Elibella, “es en dónde tenemos las última transmisión de Zhie y los otros”.

En la tercera sala, habíanse encontrado, simplemente, tres cabezas talladas en mármol, tres huecos para esas esculturas, y un pergamino. Ahriel se acercó y lo desenvolvió.

La lengua de los unicornios –explicó.

¿Sabrías traducirlo? –preguntó Dune.

Ahriel meditó unos instantes. Aquello podría costarle y quizás (probablemente) la traducción tendría fallos. Aún así, lo intentó. Leyó detenida, pausada y sabiamente el pergamino y, tras unos instantes, comenzó a leer tranquilamente.

Es un acertijo. Dice: "Tres dioses A, B, y C son llamados, en algún orden, Verdad, Falso, y Aleatorio. Verdad siempre habla expresando la verdad, Falso siempre habla expresando algo falso, pero la respuesta de Aleatorio es completamente aleatoria pudiendo ser verdadera o falsa. Su tarea es determinar las identidades de A, B, y C preguntando tres preguntas cuya respuesta es si o no; cada pregunta debe ser formulada a un único dios. Los dioses entienden español, pero contestarán todas las preguntas en su propio idioma, en el cual las palabras para Si y No son 'da' y 'ja', en algún orden. Usted no sabe que significado se asocia a cada palabra."

Todos los ojos en aquella sala se abrieron como platos. Bueno, menos dos…


R. Q.



This will continue...

domingo, 1 de febrero de 2009

El futuro

La casa estaba prácticamente devorada al completo por las llamas. Pero no había bomberos. Ni ambulancias, ni policía. Ni siquiera aficionados observando recrearse al fuego. Nadie.

La abandonada casa había prendido como un fósforo, apenas en unos minutos. Dicha casa podría llevar lustros abandonada como una hoja en otoño, solitaria, al final de la calle. Patrick marcó el número del 091 y dio la voz de alarma.

-contestó Patrick–, al final de la calle St. Royale, cruzando con Queen St. –Veinte minutos. Tardarían unos veinte minutos.

De repente, enmudeció al oír una voz desgarradora en su interior. Era imposible que hubiera alguien allí dentro, salvo que se tratara del causante del fuego

En un arranque absurdo de valentía, entró en la casa. Patrick no supo reconocer el origen de la voz, pero un pálpito le llevo a la segunda planta. Segunda de tres, a la que llegó con varios apuros. No menos de los que pasaría en la planta dos, puesto que el techo de ésta estaba en peor estado que el de abajo. Aun así, tuvo que saltar varios huecos producidos en el suelo.

Había tres puertas y, como comprobó, una llevaba al cuarto de baño, otra a un dormitorio, ambas vacías, y se dispuso a comprobar la tercera. El fuego salía de los muebles de una forma regular y, en cierto modo, ordenada. Había una cama. Sentada, apoyada en ella, una figura.

Una mujer.

La voz.

Era mío –repetía–. Era mío. Era mío. Era mío. Era mío.

En sus brazos acunaba un bebé tapado, envuelto por unas mantas. Patrick le ayudó a incorporarse, pero ésta se negó (Era mío. Era mío).

No hay tiempo, señora.

La figura levantó la mirada, una mirada fría en un rostro pálido y agotado. Tras varias negaciones de la anciana, Patrick intentó arrebatarle el bebé, en vano, consiguiendo sólo tirar las mantas al suelo.

Podrido.

El bebé estaba podrido. Verde. Podrido en la superficie, y seguramente por dentro.

Podrido, dando aspecto asqueroso. Sus cuencas estaban vacías y la boca, pidiendo una silenciosa ayuda.

Patrick tuvo ganas de vomitar. Siguió en sus esfuerzos de sacar a ambas personas.

Tras varios intentos, ambos se precipitaron catastróficamente al fuego. La mujer comenzó a gritar y, pese al intento de Patrick de no creerlo, el bebé también. Vivía.

Los muebles formaban una hilera en el suelo, una hilera de luz y calor. Viendo que la anciana quería morir allí, y que el bebé sufriría más vivo, huyó de la casa. Sorteó toda clase de objetos, y terminó la escalera. Sus ropas ardían, y allí estaba la anciana con el bebé.

Era mío. Era mío. Mío.

Patrick la apartó de un golpe y siguió en línea recta, sin preocuparse por ella.

Cuando iba a salir, en la entrada tropezó y, a regañadientes con su mente, recogió la manta de un bebé que encontró por sorpresa.

Salió a la calle, que seguía desierta, y se tiró al suelo. Sus ropas estaban intactas.

La manta, que había encontrado putrefacta y rota, aún mantenía la etiqueta de la tienda, y estaba en perfecto estado.

Temiendo encontrar lo que finalmente encontró, miró a la casa. Estaba cerrada, rodeada con un espléndido jardín.

Patrick se horrorizó al comprobar que en una de las ventanas se asomaba una mujer y un hombre, aparentemente casados. Eran felices.

Al momento, apareció la madre de alguno de ellos, ya entrada en edad, con un bebé en brazos.

Éste estaba desnudo.

Zombis de cera

Nota del autor:

Bendito Lector, si me seguiste con tu lectura desde el principio, sigue leyendo esta nota, con la que sólo deseo comunicarle a usted que este es el primer relato que escribí, y por tanto, podrá ver que el concepto del mismo que tenía en ese tiempo es el de 'historia algo abstracta y breve con final disperso'. Bien, aclarando esto, por favor, no le hago de rogar, y comience su lectura, que le deseo sea plácida y amena.



Era el día especial de terror en el museo de cera. Patrick había pagado dieciocho dólares y, la verdad, le estaba pareciendo decepcionante y un derroche de dinero.

La exposición en sí constaba de varias secciones: había pasado ya por la de absurdos esqueletos, irreales zombis y poco detallados hombres lobo, y estaba acabando la de ‘Mitos del Cine de Terror’. Apenas era posible ver un buen Norman Bates, una decorada y óptima representación de ‘Los pájaros’ y poco más. Ahora procedía a adentrarse en la última sección, de la que se desconocía el tema.

Una vez dentro, la temática fue fácil de definir. Asesinatos. Sí, asesinatos, gente muriendo, sangra. Esta sala añadía una nueva ‘técnica’. De determinados orificios, que pretendían ser heridas, brotaba una fuente de líquido rojo, poco espeso, intentando simular sangra de un forma bastante ridícula. Lo macabro no apareció…

…hasta que lo vio. La excelente escultura. Era tan perfecta...

La sangra no brotaba disparada, sino lentamente, mirando, quizás acechando. Tan perfecta…

Allí no había nadie aprovechando la oportunidad de ver el realismo en aquel insulso museo. Esa escultura era tan perfecta…

Tan perfecta…

…que era real.

Era real.

Vivía.

Patrick apenas emitió un grito ahogado. Las cuerdas vocales no le respondieron. Y no espera que lo hicieran cuando aquella escultura movió los ojos. Ni cuando le penetró con su mirada hasta lo más profundo de su alma. No. Las cuerdas vocales no funcionarían aquella vez.

Tampoco lo harían cuando la figura se levantó y la siguieron las demás de la sala. Se encontró rodeado. Aquello era tan irreal como un sueño. Patrick fue a correr, pero sus piernas no respondieron. Aquello no podía ser verdad. De repente, eran las figuras tan perfectas…

Tan perfectas…

La puerta que daba a la siguiente exposición (que supuestamente sería la salida) estaba cerrada. Las figuras perfectas se le acercaban. Más y más. Patrick apartó las que pudo a puños. El roce con su piel las daba más realismo y, a la vez, más surrealismo a la escena. Eran tan perfectas…

En la siguiente exposición, figuras perfectas de Frankestein, Nosferatu, Drácula, Jack Torrance, Norman Bates, Freddy Kruger, y muchos más le esperaban.

Dios Santo –pensó la cabeza de Patrick.

Aquello era tan real como el agua que te cae en la ducha, y tan irreal como un sueño.

Como un sueño…

…o tal vez una pesadilla.

Las figuras perfectas se le acercaban más y más. Pegó puñetazos y patadas, la mayoría al aire, pocas dieron en algo sólido. Pero las que lo hicieron aclararon el camino hacia otra puerta.

Exposición 1.

Por un momento, un instante, la más ínfima parte de su mente, la neurona más pequeña, dio la esperanza de encontrar la exposición con todo en su sitio, cerca de la realidad.

La parte más ínfima de su mente se equivocó.

Zombis salidos de ‘La noche de los muertos vivientes’, esqueletos andantes y, lo que más temor le provocaba (dentro de lo que pudiera temer), los hombres lobo. Eran decenas. Varias decenas. Los zombis y esqueletos, el cuádruple. Cuando había pasado por allí no eran tan numerosos. Creía.

Pero no tuvo tiempo para razonar. Todo era tan perfecto. Tan perfecto…

Tan perfecto –la locura se adueñó de la mente de Patrick– que para qué estropearlo.

Patrick enmudeció. Y se quedó quieto, inmóvil. Sus músculos se relajaron, y no reaccionaron. Tampoco lo hicieron sus cuerdas vocales. Ni cuando bestias peludas (perfectas) se abalanzaron sobre él. No, ni cuando una de ellas le desgarró la piel del estómago. Ni cuando muchas cuchillas afiladas, quizás el cuchillo de Bates o las garras de Freddy, atravesaron su cráneo. No, no reaccionaron.

No querían reaccionar.

El irrepetible caso del demonio parlante. Relato en tres actos.

(uno)

Ya no recuerdo el caso que tratábamos aquel día. Quizás algún extraño asesinato; o el robo de cuadros de lujo o famosos. No sé.

El caso es que el intrépido detective Edward Grey y yo, su humilde ayudante, enlazábamos cabos en su casa de campo. El Sol empezaba a huir de la noche, que se anunciaba lentamente, opuesta al crepúsculo, como un manto oscuro. Quizás las ocho.

Fue él el primero que lo oyó. Un grito débil que yo apenas logré descifrar; luego perfectamente audible. Si antes era lejano, entonces estaba tan cercano como la noche.

Salimos de la casa, dispuestos a examinar el largo huerto vecino, en el cual habíamos situado colocado los gritos.

Una hilera de olivos frondosos y altos brotaban de la labrada tierra. Cercano a la rural casa de Mr. Grey hallamos a un tipo atado de pies y manos, ahorcado en uno de ellos. Más tarde, bendije nuestra suerte, pues, en el último hálito de vida, el desdichado alcanzó a pronunciar:

––La puerta… no… calavera… no…

Quizás, Bendito Lector, resulte ahora inquietante, pero en aquel momento lo que me sorprendió a mí, como le comuniqué a Mr. Grey, fue el propio hecho de que sólo tres pares de pisadas llegaban al lugar. Dos eran nuestras. La otra debería ser del muerto, pero, en ese caso, ¿cómo pudo colgarse con las manos y pies atados o, de otro modo, haberse atado las extremidades una vez ahorcado?

Dicho esto, empezamos a considerar la idea del asesinato. Mas es cierto que aquello tampoco encajaba en la escena. Sino, ¿cómo diablos traería el asesino al muerto?, quise preguntar, y pregunté a Mr. Grey. La respuesta fue fácil. A cuestas.

Pero aquello, maldita sea, traía más problemas. Primero, y más importante, que las huellas desconocidas sólo se dirigían al árbol; no había vuelta. Aquello nos demostraba que, ni más ni menos, de tratarse de un asesinato, el asesino aún estaría allí. Y otro interrogante era si sería tan fornido como para traer para el muerto, soga para el cuello y para las manos y pies, sendas cintas.

Mientras yo temía encontrar un musculoso hombre dispuesto a que corriéramos la misma suerte que el que estaba a unos metros por encima del suelo, Grey ya examinaba las huellas. Éstas eran poco profundas, casi hechas por gente levitando, pero perceptibles. No nos costó descifrar que si habría de haber llevado soga, cinta y un cuerpo encima, el pie se habría hundido al menos tres centímetros más.

Seguimos el rastro de las huellas que, para seguir oscureciendo la resolución del enigma, nos llevaron a otro olivo.

No encontramos nada que resaltar a primera vista. Tras unas investigaciones, hallé en la copa una extraña y amorfa pieza de lo que podría ser yeso.

Cuando vimos que tardaríamos en saber qué hacer con eso, volvimos a casa. Mientras el detective Grey avisaba a los gendarmes dándoles exactas localizaciones de la escena, yo caí en la cuenta de algo quizás esencial.

Suponiendo (era casi seguro) de que aquello fuera yeso, la pieza era excesivamente pesada para aquel material. Le comuniqué a Mr. Grey mi hallazgo; razonamos que algo debía de haber dentro. “Al fuego, rápido”, clamó Edward Grey.

Así lo hice, y no habrían pasado ni dos minutos cuando el material comenzó a desaparecer, y ni diez cuando algo brilló en su interior. Lo dejamos unos minutos más y, a causa de mi tolerable inexperiencia, me quemé los dedos al coger el metal, que ardía, lógicamente. Cuando hubo reposado un tiempo, lo llevé de nuevo a mis doloridas manos. Tratábase de una preciosa, perfecta y detallada calavera de metal.

(dos)

“Santo Dios”, suspiró Mr. Grey. Sus grandes dotes en la magia antigua le habían dado el conocimiento sobre qué era aquella calavera. No era más que un demonio parlante. “Dormido”, me especificó.

Aunque no me lo confesó, en sus actos noté que me ocultaba algo, y que a esas alturas sabía algo de cómo podía haber muerto el ahorcado.

“Habrá que invocarle”, me explicó. “Atiende, y guarda esto como el mayor secreto que hayas albergado.” Asentí. “Yo tengo la manera de invocarle, que no te revelaré. Pero te necesito más adelante. Cuando el demonio venga, se acerque, tendrás que distraerlo, para que pueda ver su Objeto Portado”

No entendí muy bien eso de ‘distraerlo’, pero asentí repetidamente. También lo hice cuando me pidió que cerrara los ojos.

Ahora sólo oía su voz.

In nomine de Satanás”, repetía. “Cuidado”, me advirtió. “Ya viene”.

Y lo hizo.

Una furia azotó mi cuerpo por dentro. Grité a pleno pulmón. Bueno, yo no grité. Gritó mi Alma, que mantenía una lucha encarnizada con el demonio. Como comprobé, éste no era físico, sino una fuerza espiritual, robusta como un roble, y tan a la vista como el aire.

Pasaron horas o segundos, lustros o días cuando ‘desperté’. Mi lucha aún continuaba, pero conseguía mantener al espíritu extranjero a raya.

Mr. Grey observaba una puerta. Una puerta abierta en la nada. Sus ojos estaban horrorizados. La cerró de golpe.

Mis ojos se obligaron a cubrirse con los párpados.

Recitó más frases en latín y, de repente, la lucha cesó. Silencio. Noté paz y armonía en mi interior. Como nunca.

“Quema la casa”, dijo. La puerta desaparecía poco a poco, como si fuera de un polvo ingrávido. “Quema todo. Y aparta esa cosa de mi vista”, dijo, refiriéndose a la calavera.

(tres)

Más tarde, le pregunté qué había visto tras la puerta. El caso no salió de nosotros, y el incendio se tapó de accidente. No hubo explicación para el ahorcamiento.

“Vi el Tiempo. El Tiempo y la Codicia. Vi nuestra generación morir, y otras diez nacer. Vi eso, y mucho más. Vi el mismísimo infierno. Y cómo las almas perdidas vagaban en él. Vi la Nada, pero lo vi Todo. Vi la Necesidad, y el Hambre. Vi el Bien, pero irremediablemente vi el Mal. Esa visión llevó al suicidio a aquel pobre ahorcado, guiado por el mismísimo Diablo. Pero también por Dios. El Mal y el Bien radican en un único sitio. La Puerta. La Puerta entre lo divino y lo infernal, entre la Necesidad y el Lujo, entre izquierda y derecha, entre Norte y Sur, entre Este y Oeste. La Puerta entre los Mundos. Los Mundos de la Puerta. La Puerta de los Mundos”.

jueves, 29 de enero de 2009

El muerto. Homenaje a Edgar Allan Poe.

Si me hubiera quedado en el asesinato, lo más probable es que ustedes me tomen por un enfermo, loco. De hecho, lo habría sido. Pero lo cierto es que no fue asesinato.

Enterré el cuerpo en el acantilado de la costa, esperando que los gusanos cobraran su cuerpo y, así, mi venganza, sin pensar que los policías habían seguido el rastro de mi jeep desde la casa del muerto Robert, si es que estaba muerto.

Cuando se presentaron, ya estaba enterrado el cuerpo, oculto a la vista desde mi choza, donde recibí a los agentes.

Amable, les expliqué que había visitado a mi amigo Robert, pero no lo hallé en casa. “No llegué a entrar”, les dije.

Aunque si lo había hecho. Había entrado y abofeteado hasta la muerte a mi amigo. Unos vecinos avisaron a la policía, alegando haber oído gritos. No tardaron en llegar. Tuve que huir a toda prisa en mi jeep con el cuerpo en el maletero. Llegué aquí quince minutos más tarde. Había distraído a los policías.

Charlamos mientras caminábamos, acercándonos peligrosamente al lugar donde se hallaba Robert.

Creo sinceramente que mi amabilidad y decisión sirvió, y los agentes comenzaron a tratar otros temas ajenos.

Bordeamos el acantilado. Quince metros del cuerpo.

Imprevisiblemente, sudé. Sí, comencé a sudar.

Por suerte, ninguno de los dos agentes lo advirtió. O eso creí.

La playa estaba desierta, pero el paseo marítimo estaba cubierto por un sudario de luces de chiringuitos y tiendas.

Cuando llegamos encima del cuerpo, uno indicó que se parara. Había visto arena removida. Ambos me miraron, intentando descubrir en mi mirada una marca delatora. No me inmuté. Creí no inmutarme.

Intenté hacerles entrar en razón, explicándoles que habrían sido unos chiquillos jugando a los exploradores.

Aun así, empezaron a extraer la arena. Habrían sacado ya dos o tres centímetros de arena en una extensión de unos cinco decímetros cuadrados cuando uno tocó algo sólido (compacto, quiero decirles).

Un pedrusco colgó de la mano del inspector. En el siguiente medio minuto, la desesperación llegó a la cabeza del inspector. Arañó y rasgó, para no encontrar no más que piedras.

Mi plan surtió efecto. Desesperados, devolvieron parte de la arena a su sitio.

Tras unos minutos de sospecha e interrogatorio, volvimos a charlar animadamente. Debía sacarlos de allí cuanto antes, pero ellos hablaban, hablaban y hablaban. Animados, además.

Entonces, cuando sentía que, aunque tuviera que deshacerme de ellos rápidamente, aquello estaba saliendo realmente bien.

Pero, sin esperarlo, algo empezó a sonar dentro de mi cabeza.

(pum, pum)

Quizás podría llevar sonando todo el rato. Era un

(pum, pum)

sonido lejano y disperso. Parecía que hacía latir dentro de mi cabeza. El

(pum, pum)

sonido se amplificó en los siguientes minutos. Parecía temblar la tierra. Parecía que haría parar el mundo.

Pero los agentes charlaban sonrientes, sin dar cuenta del

(pum, pum)

sonido. Parecía que me haría enloquecer. Parecía que no pararía jamás. Entonces comprendí. El

(pum, pum)

sonido no era sino el corazón de Robert.

-Santa María, madre de Dios. ¡Saquen a esa alma en pena de ahí, antes de echar el aire que tienen sus pulmones!

R. Q.

Libertad

El tipo de la máscara pensó sus palabras y comenzó a hablar.

“Hace años, cuando trabaja para mí, nunca pensé en que llegaría este momento. Quizás no pensé, simplemente, que algo llegaría. Fui un ladrón, pero un ladrón por la libertad. El Robin Hood de Moscú, me llamaban. Yo de aquello no obtenía nada. Pero, bueno, yo moriré, pero dentro de veinte siglos los ideales que defendí seguirán vivos, y seguirá habiendo gente defendiéndolo.

Creo que, tras tantos años portando una máscara, olvidé lo que tapaba, lo que había dentro, el alma de una persona. Un alma que en esos tiempos ya estaba marchita, si no muerta, pero en silencio, y así va a acabar sus días.

Yo luchaba desinteresadamente, por unos ideales que, en algunos momentos, pensé que no eran míos.

Luego, el KGB asesinó a mis padres.

Aquella noche de mil novecientos cincuenta y cuatro en la que recibí la noticia en mi apartamento de Moscú fue en la que dejé de ser quien era, y empecé a luchar por venganza. Ya no era desinteresadamente. Quería venganza, quería sangre. Más tarde, seis años, creo recordar, la obtuve. Pero esos seis años fueron los más duros para mí.

En busca de esta venganza, ingresé en la CIA en el cincuenta y cinco y me entrené en América. Moscú, y probablemente toda la URSS echaron en falta al hombre de la máscara infortuna.

Como mi primera misión, obtuve la eliminación de dirigentes rusos. Algo fácil, créeme. En mil novecientos cincuenta y siete, me infiltré en el KGB. Aquella era mi oportunidad, y no la desaproveché.

El quince de febrero de mil novecientos cincuenta y nueve los periódicos rusos abrían con la noticia de la aparición de la cabeza de Igor Karvich en la Plaza Roja.

Karvich era un espía ruso a quien fue encargado el asesinato de dos enemigos del KGB. Mis padres.

En el entierro de Karvich, te encontré, y me enteré de que eras su hija. Probablemente, querrías matarme al enterarte, por eso me mantuve en secreto hasta que en el diecinueve de enero de mil novecientos sesenta ocurría lo mismo con la cabeza de Pietrus Yrti, el superior de Karvich.

Entonces, los de asuntos internos del KGB descubrieron un pelo mío (maldita caída de pelo, maldita edad) en el hogar de Yrti.

Aquel día, hace hoy menos de un año, huí del servicio, dispuesto a encontrarme con mi contacto de la CIA, pero ellos se habían olvidado de mí, viendo lo qué había ocurrido. Sinceramente, no me extraña.

En las contadas catorce ocasiones en las que mantuve conversación contigo, me enamoré de ti. Y este es el mejor regalo que has podido hacerme, Edna, aun sin querer.

No ha sido una casualidad que te encontrara, aunque me odies a muerte, pues tienes razón.

Ahora, Edna, tienes dos opciones. Huye conmigo, o huye sola, pues los soldados del KGB se acercan ya”.

Las lágrimas cesaron. El viento calló. Se oyeron pasos en la escalera, cercanos.

“Edna, puedes quedarte aquí. A ti no te buscan, no te harán nada. Pero también puedes acompañarme”.

Ella no se movió. Los pasos se acercaban a la puerta, y el tipo de la máscara se acercó a la ventana abierta. Fuera nevaba.

“Ni siquiera sé tu verdadero nombre, desconocido. Sería una locura huir con alguien como tú”.

Aporreaban la puerta.

“Está bien, Edna. Sólo quería pedirte un último favor. ¿Recuerdas aquel fragmento que te enseñé al conocerte?”

“Sí”.

“Si caigo, no paréis”, comenzó ella.

Tiraron la puerta abajo. Decenas de soldados entraron en la habitación.

“Continuad sin mí, quizás no sea importante”, siguió él.

Todos apuntaron a él, y a ella la intentaron apartar.

“Bajo mi semblante severo y férreo, sólo me muevo por amor. Pero éste sólo es una línea en el horizonte, que nunca se acerca…”, al unísono.

“Esta es la última acción del tipo de la máscara. El famoso tipo de la máscara ha vuelto. Ha vuelto, para morir. Para morir por la libertad. Esa libertad que algunos nos han arrebatado. Si el cuerpo muere, el ideal vive.”

Él se asomó a la ventana. La nieve seguía cayendo. Se quitó la máscara y se dio la vuelta. Esbozó una sonrisa, y el viento volvió a rugir, para hacer caer al tipo de la máscara.

Momentos después, la sangre manchó la nieve bajo un cuerpo muerto.

Una máscara caía a capricho del viento, y se depositó en el rostro del muerto.

“…O quizás huya de mí”, culminó ella.

R. Q.

Ogg

Al caer al suelo tras tropezar, el preciado objeto cayó de entre sus manos. Esa reluciente espada, la Espada Servil, comenzaba a agotarle las fuerzas debido a la antigua maldición que pesaba sobre ella. Aquella espada, lentamente, extraía la vida de su portador. A cambio, tenía el suficiente poder para derrotar a Ogg, el dragón que tenía en posesión a sus compañeros de viaje.

El humano se resistió, pero volvió a coger la espada, a la vez que notó su oscura fuerza recorrer todo su cuerpo. Seguía corriendo por aquel oscuro pasillo, cuando oyó un bateo de alas a su espalda. Saz se volvió y observó un murciélago que se hallaba frente a él, con malas intenciones.

Pero con un exacto movimiento de espada, la sangre de la criatura manchó el suelo y la espada del humano.

Al final del pasillo encontró unas escaleras que le llevaron a una habitación tímidamente iluminada por una vela, que se encontraba en una mesa central. Allí depositó la espada para poder recuperar su fuerza. Todo parecía perdido, no sabía donde estaba, ni a dónde ir. Observó la estancia: las paredes no eran diferentes a las que había visto una y otra vez en aquella mazmorra.

Entonces, el humano acertó a ver, por el rabillo del ojo, una silueta al otro lado de la mesa.

“Muéstrate”

La silueta, que se hallaba en la penumbra, dio unos pasos hacia delante y una figura enigmática, cuyo cuerpo se mostraba cubierto por una capa negra y su cara por una máscara, mostrando unos rasgos que no mostraban expresión alguna.

“¿Quién eres?” preguntó el humano. “Un hombre con una máscara”, respondió el otro. Cuando Saz volvió a formular la pregunta, el enigmático tipo respondió: “¿Te has fijado en lo paradójico que resulta preguntarle a un hombre con máscara quién es?”.

La figura enmascarada avanzó hacia el humano, situándose a menos de un metro de él. “¿Qué quieres?”, le siguió interrogando Saz. “Ayudarte. Puedo llevarte hasta tus compañeros”

“¿Y puedo fiarme de ti?”

“¿Crees que soy de fiar?”

“¿Eres de fiar?”, preguntó el humano, antes de que la conversación se sumiera en un sepulcral silencio. Entonces, rápidamente, el enmascarado desenvainó algún tipo de jeringuilla y la clavó en el cuello de Saz, que comenzó a perder lentamente el conocimiento, recostado en una sensación de sosiego.

“No”, respondió, tardío, el desconocido enmascarado.

* * * * * * * * *

“¿…Esto querías? Aquí están, tus compañeros. Te he llevado hasta ellos. No mentí”

Saz intentó moverse, pero debía de haber sido drogado, pues no podía articular prácticamente ninguna parte de su cuerpo. No podía abrir sus ojos, ni pronunciar algún sonido. De fondo, oyó a un grupo de personas pidiendo ayuda, posiblemente con la boca tapada.

El humano forzó los ojos y consiguió abrirlos levemente. Por lo que veía, se hallaba en una gran habitación, y los murmullos pidiendo ayuda provenían de detrás suya.

“¿Pensabas que podrías derrotar a Ogg el temible? Su fuerza y poder no pueden ser comparable a un esbirro como tú”

“¿Dónd… dónde est… Ogg?”, consiguió pronunciar Saz al fin. La voz, que era la misma que la de la figura enmascarada, comenzó a reír.

“Él está aquí, con nosotros”

El humano se cuestionó la veracidad de esa respuesta. “¿Qu… Cómo?

La voz volvió a reír, y empezó a intensificarse velozmente y a resonar en toda la habitación.

De repente, la temperatura subió y bajó brutalmente, y Saz pudo volver a mover su cuerpo. Abrió totalmente sus ojos y observó su alrededor. Aquella no era la habitación en la que antes se hallaba. No alcanzó a ver ningún límite de ninguna pared, y si se mantenía de pie, lo hacía en el aire. Allí no estaban ninguno de sus compañeros. Siguió recorriendo el cuarto con la vista y acertó a ver la persona que le acompañaba allí. Era el mismo de antes, sólo que ahora sin la máscara; si antes su cara no daba ninguna expresión, ahora expresaba cualquier tipo de emoción.

“¿Me buscabas?” preguntó el personaje. Saz siguió observando la estancia. “¿Impresiona?” volvió a preguntar. El humano, lejos de dar alguna respuesta, preguntó: “¿Y Ogg?”, a lo que el otro respondió: “De eso ya hablaremos luego. Ahora fíjate en esto”. Dicho esto, sacó de la nada la Espada Servil, la única que podía derrotar a Ogg y que restaba fuerzas a su portador. Tras haberla sacado, ésta se rompió en mil pedazos. El expresivo tipo echó a reír.

“¡Alaba mi poder! ¡Ríndete ante él! ¡Ríndete ante…”

Entonces, la silueta se desfiguró y comenzó a agrandarse, hasta formar la esbelta figura de un dragón y, con una voz grave y profunda, acabó la frase:

“…Ogg el temible”.

Rápidamente, la bestia derribó brutalmente al humano que salió disparado. Éste esperaba chocar contra alguna pared pero el trayecto no cesó hasta que volvió a caer al suelo. Dolorido, se volvió a levantar y, aterrorizado, se dio cuenta de que estaba de nuevo frente a Ogg. Éste último volvió a reír: “Estamos en los confines del mundo; entre el cielo y el infierno. ¿Crees poder ser mi rival?” Y le dio una nueva estocada al humano, que cayó al suelo, nuevamente frente a la bestia, gimiendo. Saz no recuerda cuántos golpes puedo llegar a recibir, pero cuando hubo pasado un largo espacio de tiempo, una extraña luz iluminó la habitación.

Los golpes cesaron, y a la escena se incorporó una nueva voz. “Bestia maligna, no pudiste conmigo antes, y no podrás ahora”. Saz se perdió en aquella conversación, que duró hasta que el dragón comenzó a gritar, y dar sendos golpes al suelo. Entonces el humano abrió los ojos. El enorme dragón se enfrentaba a una pequeña mujer cuya arma era un viejo bastón. De él salían los hechizos con los que mantenía a raya al dragón; aunque éste cada vez se acercaba más a la bruja. Pasó un rato observándoles; pensando si entrar al combate, cuando vio, a unos metros del dragón, la Espada Servil, la que había sido destruida por Ogg antes y que ahora se hallaba a su alcance. Entonces recibió una mirada de la bruja, sin que dejara de pelear. Saz no dudó: con decisión, fue corriendo hasta alcanzar el arma, la cogió, y esta vez sintió más su oscuro poder. Se acercó a Ogg, y saltó a su cola, que el dragón agitó, alterado. Pero la bruja lo mantenía distraído. Saz escaló por su cuerpo hasta llegar al cuello. Alzó la espada…

…y la clavó en el cráneo de Ogg, que cayó, derrotado, al suelo.

Entonces, Saz dejó caer la espada al suelo y miró a la bruja que había aparecido de repente.

“Me debes una explicación”.

R. Q.