lunes, 20 de abril de 2009

Postrelato 10

Tenía la conciencia limpia, no la usaba nunca.

Gobernaba a base de sinsentidos, proclamando sandeces de las cuales pocas servirían en verdad. Tenía gran número de esclavos bajo sus pies, todos serviles, no reclamaban; y si lo hacían, recibían su represalia.

¿Y qué era lo malo? ¿Mi sueldo estratosférico, destino de las quejas de esos protestantes encadenados? ¡Que los encierren! ¿Quizás tener a un país enfrentado a tu causa? Eso para la gente con escrúpulos.

Saben bien que estoy yo aquí y que no tienen nada mejor, y aunque encuentren algo superior a mí, no podrán conmigo.

Tenía la conciencia tranquila, sí. Rigo leyes en mi despacho, mi palabra es su deber. El deber de los de abajo, de los que no tienen poder.

Nadie puede contrariarme, nadie puede negarme, bien lo saben, y no hay mal en ello. Que acepten mi poder, como yo acepto su vulnerabilidad.

Río cuando piden mi cabeza, estallo en risas cuando promueven esas manifestaciones absurdas contra mi acción.

Que sigan luchando, sí, e intenten pararme con sus palabras mientras yo puedo seguir mandando guardias a pararlos.

Tenía la conciencia serena, y aún la tengo. Que vengan, les espero.

¿Creen que estoy loco? Mantengo mi puño en alto, y seguro lo que me pertenece. ¿Dicen que estoy loco? Es sólo un efecto secundario de gobernar un país.

(El postre. De lunes a jueves en Radio 3, de 23:00 a 01:00. ¡Gracias, chicos!)

sábado, 18 de abril de 2009

El hombre del traje negro. Drama en tres actos.

Introducción

Voz en off (Gary anciano) – Soy un hombre muy anciano y esto es algo que me sucedió cuando era joven, cuando sólo tenía nueve años. Corría el año 1914, el verano después de que mi hermano Cliff muriera en el campo del oeste. Mi historia, de ese punto a esta parte, no importa apenas. Os contaré, lo más detalladamente que pueda, esos hechos, los realmente importantes. Como os dije, era verano. Mi padre siempre me encomendaba unas tareas, de las cuales algunas corresponderían a Cliff de no haber muerto. Cliff era mi único hermano, y había muerto por una picadura de una abeja. Había transcurrido un año, pero mi madre aún no lo superaba. Nadie puede morir por una tontería así, solía repetir. Bien, este acontecimiento tuvo lugar un sábado, hace ya 81 largos años…

Primer acto

(Se abre el telón. El jardín de una casa. Padre (Steve) está colocando sillas, madre (Marian) cose e hijo (Gary) tiene entre los brazos unos cántaros de agua, de un lado a otro.)

Gary – Padre, padre. ¿Podremos hoy ir a pescar? Padre, ¿podremos? Podré así estrenar mi caña de bambú nueva.

Steve (medita unos instantes, poco) – Podrás hacerlo cuando hayas partido leña para el fogón, arranques las malas hierbas de este jardín, bajes heno del pajar, y rasques toda la pintura vieja que puedas del mamparo del sótano. Entonces, y sólo entonces, tendrás permiso para ir, pero tendrás que ir sólo, si no te importa. Yo tengo que ir a ver al viejo Bill para zanjar unos temas sobre unas vacas.

Gary – No me importa, padre.

Steve – Lo suponía (sonríe). Por no te metas demasiado en el bosque. Y ni se ocurra sobrepasar la bifurcación.

Gary – No, padre.

Steve – Promételo.

Gary – Lo prometo, padre.

Steve – Ahora prométeselo a tu madre.

(Gary está dando vueltas transportando jarras de agua. Steve se acerca, lo agarra del brazo y lo pone delante de su madre, suavemente)

Gary – Lo prometo.

Marian – ¿Qué prometes?

Gary – Prometo ir no más lejos de la bifurcación, madre.

Marian – No ir más lejos (haciendo énfasis en la corrección)

Gary – No ir más lejos de la bifurcación, madre.

(Gary deja las jarras y se empieza a ir)

Gary – Voy a terminar las tareas.

Marian (voz alta)– ¡Recuerda lo que ha dicho tu padre!

(Cierra el telón)

Primer interludio

Voz en off – Lo recordé. Y nunca pasé más allá de la bifurcación, cierto. (Pausa) Pasé la tarde realizando las tareas encomendadas, siempre acompañado de mi perro fiel, Cujo, que me seguía allá donde fuera. Al atardecer, cuando el crepúsculo se acercaba peligrosamente, dejé a Cujo en casa, cogí mi zurrón y mi caña nueva, y emprendí el largo camino hacia el riachuelo que discurría al sur de mi granja. Era un camino difícil, sí, difícil y largo, pero al final, llegué, como siempre.

(Se abre el telón. Aparece Gary pescando en una esquina posterior del escenario. Tras un instante, tira de la caña y al final de ésta hay una trucha.)

Gary – ¡Bien! ¡Una trucha! (La coge y la guarda en el zurrón.)

Voz en off – En un momento, y tras no pescar más que dos truchas (una más grande que la otra), el sueño se apoderó de mí. (Gary empieza a dormir) No debí dormir mucho, pues al despertar aún el Sol brillaba, pero lo peor de desvelarme fue hacerlo con una abeja en la nariz. Aun así, lo realmente malo no fue eso, sino encontrarme con el hombre del traje negro…

Segundo acto

(En escena aparece el hombre del traje negro (hdtn, en adelante) y, mientras Gary intenta mantener la calma, se acerca y le espanta el bicho)

Hdtn – Me parece que te he ahorrado una buena picadura, pescador. (Gary no responde. Hdtn se pone de cuclillas a su lado). ¿Nos conocemos?

Gary (susurrando) – No me haga daño, por favor.

Hdtn – Oh, oh, aquí he olido algo, pescador. Algo mojado.

(hdtn se pone a oler a Gary, que sigue tumbado, y se para sobre su cintura)

Hdtn – ¡Horror! ¡Ópalos, zafiros y amatistas! ¡Gary va dejando pistas!

(Se tumba en el suelo, RIENDO ALOCADAMENTE)

Voz en off – Pensé en salir huyendo, pero no respondían mis piernas. No lloraba. Me había hecho pis encima, pero en aquel momento no lloraba. Sabía que iba a morir, pero también sabía que eso no sería lo peor. Aquel extraño hombre hacía que a su paso toda la hierba se marchitara. Espeluznante. Pero aquello no fue lo que me hizo levantar, sino un sentido olor a azufre.

(Gary se levanta, acto seguido lo hace el hdtn. Éste sigue riendo. Para, y continúa hablando. Gary está paralizado, temblando.)

Hdtn – Malas noticias. Te traigo malas noticias, pescador.

(Gary, que había estado algo de espaldas al hdtn, le mira ahora fijamente)

Hdtn – Tu madre ha muerto.

Gary – ¡NO!

Voz en off – Volví a sentir terror, pero no por mí. Evoqué la imagen de mi madre en la puerta de la cocina, con la mano protegiéndole los ojos, como una fotografía de alguien que esperabas volver a ver pero que no vuelve a ver jamás.

Gary – ¡Miente!

Hdtn – Mucho me temo que no es así. Le ha pasado como a tu hermano. Una abeja.

Gary – ¡Mentira! Si una picadura de abeja pudiera matarla como a Cliff, ya habría muerto. ¡Y es usted un embustero de mierda!

Voz en off – No tardé en comprender una cosa importante. Había llamado al mismísimo Diablo embustero de mierda. Quizás el shock me hubiera bloqueado mentalmente. ¿Mi madre muerta? Era como si me dijeran que hay un nuevo mar en el teatro de mi colegio. Sin embargo, le creí. Le creí, como creemos, en cierto modo, lo peor que nuestro corazón es capaz de imaginar.

Hdtn – Pequeño pescador, a tu madre nunca le ha picado una abeja. Bueno sí, hace menos de una hora, entró una por la ventana que…

Gary – ¡No pienso seguir escuchándolo! ¡CÁLLESE!

(El hdtn sonríe)

Hdtn – Necesitas escuchar esto, pequeño pescador. Fue tu madre la que transmitió esa debilidad a tu hermano. Tu tienes un poco, pero también tienes la protección de tu padre que, por alguna razón, Cliff, tu hermano, no heredó. (Pausa) Y, aunque no me gusta hablar de los muertos, al fin y al cabo, fue tu madre quien mató a tu hermano, en cierto modo, sí, como si le hubiera pegado un tiro.

Gary (susurrando) – No es cierto.

Hdtn – Ja, ja. Claro que lo es, Gary. Se le posó en la nuca a tu madre, y le dio un manotazo sin saber qué hacía. Tú hace un momento fuiste más listo, ¿eh? Enseguida se le hinchó la garganta. Eso les pasa a los alérgicos al veneno de abeja. Se les hincha la garganta y se asfixian. Y lo mejor de todo es que cuando estaba en el suelo frío de tu cocina, ¿sabes que ha hecho Cujo, tu perrito? Le ha lamido las lágrimas. Sí, ese pequeño granujilla le ha lamido las lágrimas de un ojo, y luego las del otro.

(Una pausa silenciosa. Gary tiembla)

Hdtn – Me muero de hambre. Bueno, mejor dicho, tú te mueres por mi hambre. Te voy a matar, te abriré en canal y me comeré tu estómago. ¿Qué te parece la idea?

Gary (Bajito) – Por favor, no…

Hdtn – Y por si poco fuera, irás al Cielo. Las almas asesinadas van al Cielo, no lo olvides. Así que ambos serviremos hoy a Dios.

(El hdtn alarga una mano hacia él, pero antes Gary saca de su zurrón la trucha y la enseña)

Gary – T–t–tome.

Hdtn (gritando) – ¡Pez grande! ¡Oh, peeeeez graaaaaaaaaaande!

(Le quita la trucha de la mano y se la come)

Voz en off (mientras come el hdtn) – Años más tarde, visité el acuario de Nueva Inglaterra, y vi un tiburón. Ese tiburón, con sus fauces, me recordó a este hombre. Se tragó el pez, sin masticar. El pez entró y entró y el gaznate se fue abriendo mientras el animal pasaba, requiriendo tal esfuerzo que el hombre del traje negro empezó a llorar sangre escarlata. Quizás fue eso lo que me dio fuerzas para empezar a correr (Gary empieza a correr por todo el escenario, el hdtn pega un grito gutural, deja de comer y le sigue)

Hdtn – ¡No puedes escapar, pescador! ¡Hace falta más de una trucha para saciarme!

Gary – ¡Déjeme en paz!

(Al rato, el hdtn desaparece, Gary para y mira a los lados pero no lo ve)

Voz en off – Y desapareció, no había rastro de él. El camino estaba desierto. Sin embargo, sabía que su presencia estaba en algún lugar del bosque, observándome con ojos incendiarios y olor a cerilla y a pescado asado.

(El telón se cierra. Gary desaparece de donde esté)

Segundo interludio

Voz en off – Corrí el kilómetro y medio que me separaba de mi casa gritando “¡Papá, papá, papá!” Había perdido mi caña nueva y mi zurrón, pero en aquel momento no me importó.

Tercer acto

(Se abre el telón. Aparece el padre colocando muebles. De fondo se oyen gritos de ¡Papá, papá! Steve, el padre, se gira y hace como si intentara ver algo. El hijo entra corriendo y va a abrazar a su padre)

Voz en off – Me aferré a mi padre y le restregué mi cara contra su pecho, cubriendo su camisa de sangre, lágrimas y mocos.

Steve – ¿Qué pasa, Gary? ¿Qué te ha pasado?

Gary (llorando) – ¡Mamá ha muerto! ¡Me lo dijo un hombre en el bosque! ¡Está muerta! Le ha picado una abeja y se le ha hinchado como a Cliff. Está en la cocina y Cujo le ha lamido las l–lágrimas…

Voz en off – Lágrimas fue la última palabra que pronuncié, tenía el pecho muy agitado y no podía hablar. Quería creer que el hombre del traje negro, el Diablo, no me seguía. Me prometí que nunca volvería a recorrer el sendero que llevaba al bosque. Creo que el mayor don que Dios pudo a dar a Sus criaturas fue el de no ver el futuro, pues si no, habría enloquecido sabiendo que recorrería el camino en menos de dos horas de nuevo. Sin embargo, en ese momento sólo sentí despreocupación sabiendo que estábamos solos. Entonces, pensé de nuevo en mi bella madre muerta y volví a llorar.

Steve (tranquilizando a Gary) – Escúchame, hijo. Tu madre está bien. No sé quién te habrá dicho lo contrario, pero tu madre está bien.

Gary – Pero… el hombre dijo…

Steve – No me importa lo que ese insensato dijera. Regresé antes de tiempo a casa, por lo que decidí ir a pescar contigo. Cogí mi caña y mi zurrón y madre nos preparó unos buenos bocadillos de mermelada. Así que, hace media hora estaba perfectamente, y no creo que alguien que haya ido desde aquí hasta el bosque haya tenido alguna otra noticia en sólo media hora. (Se da la vuelta). ¿Quién era ese hombre? ¿Dónde estaba? Voy a darle una paliza.

Voz en off – Se me ocurrieron mil cosas en ese instante, pues si mi padre le encontraba, no sería él quien diera la paliza.

Steve – ¿Gary?

Gary – No me acuerdo

Steve – ¿En la bifurcación?

Gary – Sí, pero no vayas. (Agarra de los brazos al padre). Por favor. Aquel hombre me daba miedo

Steve – Puede que no hubiera nadie. Puede que te quedaras dormido y tuvieras una pesadilla, como cuando pensabas en Cliff cuando murió.

Gary – Puede ser (baja la cara).

Steve – Creo que deberíamos ir a por tu caña y zurrón (Tiene intención de irse, pero le para Gary)

Gary – Espera. Quiero ver a mamá primero.

Steve – Está bien. ¿Pescaste algo?

Gary – ¡Sí! Una trucha de buen tamaño.

Steve – ¿Nada más?

Gary – Después me quedé dorm… (Ve a su madre, que acaba de entrar en escena y corre hacia ella) ¡MAMÁ!

Marion – ¿Qué pasa, Gary?

(Gary no responde, corre hacia ella y la abraza)

Steve – No te procupes, Marion, sólo ha tenido una pesadilla en el río.

Marion – Quiera Dios que sea la última.

(Cierre de telón)

(Se abre el telón, y aparece las misma escena, sólo que sin la madre)

Steve – No tienes que venir conmigo si no quieres.

Gary – Te acompañaré

Steve – ¿Qué llevas ahí?

(Gary se saca del pantalón una Biblia)

Gary – Una Biblia.

Steve – Está bien.

(Se ponen a caminar)

Voz en off – Al cabo de media hora estábamos en la orilla del río, contemplando la plataforma donde se había celebrado mi encuentro con el hombre del traje negro. ¡Ópalos, zafiros y amatistas! ¡Gary va dejando pistas! Ese verso, recuerdo, es el que pronunció el hombre del traje negro antes de tumbarse y reír como un niño que ha descubierto que tiene suficiente valor como para decir palabrotas como culo y mierda.

Steve – Quédate aquí (Le señala un lugar atrasado. Steve se pone a rebuscar y encuentra la caña y el zurrón. Abre éste último y ve que no hay nada.) ¿No dices que pescaste una trucha?

Gary – Sí, señor, pesqué una.

Steve – Aquí no está, así que, o lo soñaste, o… ¿sabes que nunca debes meter una trucha sin destripar y limpiar en el zurrón? Debes saberlo.

Gary – Sí, padre, lo sé.

Steve – Así que, si no lo soñaste, y estaba muerta en el zurrón, algo debió comérsela.

(De repente, el padre se gira, como si hubiera oído un ruido)

Steve – Vámonos de aquí.

(Gary coge el zurrón y mira adentro)

Gary (hablando para sí) – Debe de haberse comido el otro también.

Steve – ¿Qué?

Gary Pesqué otra trucha, enorme y hermosa, pero no te lo dije. Ha debido comerla también… Ese tipo estaba hambriento

(Salen del escenario, cierre de telón)

Epílogo

Voz en off – Desde aquel día han transcurrido 81 años y durante muchos de ellos no pensé en el asunto… al menos, no despierto. Como todos, no respondo de mis sueños. Parece que soy viejo, y sueño despierto. Los achaques de apoderan de mí, y eso sucede también con los recuerdos. Recuerdo lo que comía, los juegos a los que jugaba, las chicas que besaba en el guardarropía cuando jugábamos a prendas, los chicos con los que salía, mi primera copa, mi primer cigarrillo… Pero de entre todos esos recuerdos, el del hombre del traje negro es el más intenso y brilla con luz propia. Era real, era el Diablo, y aquel día yo era su misión o su suerte. Estoy convencido que escapar de él fue mera suerte, no del Dios al que he venerado y cantado himnos durante mi vida.

>>Aquí, a las puertas de la muerte, me digo que no debo temer al Diablo, que he llevado una buena vida, tranquila, y que no debo temerle. A veces, una voz me recuerda que aquel niño de nueve años tampoco hizo nada para temer al Diablo, y sin embargo se le apareció. Y a veces, en la oscuridad, oigo esa voz gutural diciendo: “Pez grande. Peeez graaaaaande”.

>>Vi una vez al Diablo, hace mucho, pero ¿y si regresara ahora? Soy demasiado anciano para correr, ni siquiera puedo ir al baño sin mi andador. No tengo ninguna trucha hermosa con que aplacarlo, aunque sólo sea por unos instantes. Soy viejo y mi zurrón está vacío. ¿Y si vuelve y me encuentra en este estado?

>>¿Y si todavía tiene hambre?

viernes, 3 de abril de 2009

Apocalipsis sin ti.

Las campanas ya resuenan
desde tierra a los abismos
y con volcanes y sismos.
También en las islas notan
cómo impetuosas brotan
las agüas de los límites
de sus tierras inviables
con pie o mula recorrer.
Dios sabe qué malo es ver
perecer sus pobladores.


Sin camino caminante,
yo recorro este mundo
caído y moribundo.
Veo muerte abundante;
liderazgo arrogante,
vencido por la locura,
esperanza que procura
no tener nada que ver
y en el caos no caer.
Y la vida ya no dura.


Pese a todo, más que aquello,
verdad, me importa tener
que acabar sin volver
a ver tu suave cabello
ni acariciar brazo bello.
No poder rozar tu piel,
sensual, acepto con hiel.
Y para tenerte en mi alma
siempre, recuerdo en la calma
tus labios como la miel.

miércoles, 1 de abril de 2009

Mi poema de amor.

Un intenso cosquilleo
me provoca tu mirada
y me recorre un deseo
por ti, por todo, por nada.


No tengo ya objetivo
aparte de a ti tenerte
en mis brazos; sólo vivo
por, otro día más, verte.


Tu pelo, caído en tus hombros,
fijación de los más dulces
logros. Bajo los escombros
yo sepulto dos verdades.


Una; no hay para mí
más razón que tu sonrisa
y tu cuerpo; y para ti
soy multitud indecisa.


¡Cuántos fallos cometí,
e hice tantas locuras!
Por causas que fácil ví
nobles, reales, honradas.


Tan profundas y legítimas
las vi, que las perseguí
con el alma y las balas
que yo nunca conseguí.


Dos; te amo y necesito
como el Sol un clavel
Vivo por el infinito.
Por tu amor, Isabel.

martes, 24 de marzo de 2009

CELL

La civilización se sumió en una segunda era de tinieblas por un camino previsible de sangre, aunque a una velocidad que ni el futurista más pesimista podría haber augurado. Fue como si hubiera estado esperando su final. El 1 de octubre, Dios estaba en Su cielo, la Bolsa se situaba en 10.140 puntos, y casi todos los vuelos funcionaban con puntualidad (salvo los que llegaban y salían de Chicago, eso era de esperar). Al cabo de dos semanas, el cielo pertenecía de nuevo a los pájaros y la Bolsa no era más que un recuerdo. En Halloween, todas las ciudades importantes, desde Nueva York hasta Moscú, hedían bajo los cielos desiertos, y el mundo tal como lo conocemos había pasado a la historia.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Juliette.

Juliette, nombre de rosas.
Juliette no bailaba,
movía el mundo bajo sus piernas.
Y él, orgulloso, aceptaba.

Castaña natural, las veces cubierto.
La Luna, exaltada por la belleza,
dejó su marca, así no su pómulo desierto.
Bella, compleja a la mano a la simpleza.

Pero Juliette estaba en soledad.
Cientos la tuvieron en brazos;
miles le hicieron vivir mentirosa verdad.
Solo por ti, Juliette, tus abrazos.

Tanto amó y tanto la amaron
pero sin amor, Juliette, no con amor.
¡Cuántos tus labios rozaron
y cuántos se negaron dándote dolor!

Que se vengue el olvido de mí,
que se olvide el recuerdo certero
si algún día, Juliette, a ti
no amé con un sentir verdadero.

Como no aquellos bandidos,
que en tu cadera prendieron, a tu vera.
Viejos canallas perdidos
en aquel bulevar en la carretera.



(NdA: Poema, relato, corto y canción.)

domingo, 1 de marzo de 2009

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

1

–…y en este día tan importante –continuó –me halaga y enorgullece ser yo el elegido para entregarle a este valiente soldado que arriesgó su vida por mí y por América esta condecoración y el ascenso a teniente.

Los aplausos cubrieron cualquier otro sonido que pudiera haber. El soldado subió al atril, vestido de traje negro con finas líneas verticales blancas, ayudado por sus muletas. Miró en rededor, suspiró tanto que los micrófonos lo recogieron y sacó del bolsillo unos folios. Los flashes de las cámaras le iluminaban desordenada e intermitentemente.

–Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –así comenzó su discurso –. Cuando me alisté en el ejército, jamás pensé que llegaría el día en que ascendería a teniente, ni que el senador me reconocería individualmente.

El discurso no salió de ningún tópico de este tipo de actos. Agradecimientos, promesas, más agradecimientos,… La gente se mantenía inmóvil observando. En un momento del discurso, el ponente paró, miró a los edificios que rodeaban aquella calle y reflexionó unos instantes. Luego continuó, y nadie advirtió que una figura salía del escenario y, aumentando la velocidad mientras se alejaba, se dirigió al edificio de la parte oeste. El discurso continuó, y otra vez Ned Malone se interrumpió unos instantes.

–…y nada me parará en mi objetivo de proteger al senador y a cuantos formamos esta nación que es América –siguió –. Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine –dijo, para finalizar. Introdujo las manos en los bolsillos de la chaqueta, esperó, e hizo ademán de marcharse.

La calle se derrumbó en aplausos, incluido el senador. Pero el rostro de éste cambio ligeramente cuando vio de refilón un brillo metálico en una ventana, y bruscamente cuando pudo ver qué era y a aquélla persona haciéndole señas.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

2

“Mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, había dicho el soldado homenajeado. Pero aquello no era lo realmente importante para Rob Williams en ese momento. Él había visto algo. Volvió a mirar aquella ventana. Portal diecisiete, noveno piso. El brillo era constante, estaba quieto. Cortinas de círculos rojos y verdes se mecían a merced del viento. Rob miró a su compañero y le dedicó una mirada que ambos entendieron como un ‘voy a comprobar algo’. Rob salió disimuladamente del escenario montado para la ocasión y comenzó a perderse entre la multitud, siempre hacia aquel edificio. Nadie se dio cuenta, ni quiso hacerlo, de que un guardaespaldas salía del escenario, todos estaban demasiado ensimismados con el discurso.

Para su bien, la puerta del portal estaba abierta. Dentro, el aire era frío e impenetrable, y a Rob, pese a su dureza, le transmitió una sensación de oscuridad y de desazón.

A pesar de su forma física, Rob se dio cuenta de que el ascensor siempre sería más rápido habiendo nueves pisos entre medias. Así, lo cogió y en un momento estuvo en la novena planta. Ante él, se abrían dos lados con sendos caminos, ambos idénticos. A la izquierda, los pisos A y B; a la derecha, los pisos C y D. Sería a la izquierda, eso lo sabía con toda seguridad, esa parte era la que daba a la calle donde se celebraba el acto, pero no sabía cual de las dos sería. Puso el oído sobre la puerta B y no oyó nada. No como cuando lo puso sobre la A, en la que oyó gente discutiendo, dos o tres, pero tampoco a viva voz. Tocó en la puerta y esperó. Podría haber esperado años allí, nadie le abriría. Toco otra vez, y lo mismo. Más fuerte, pero nada. Tomó algo de carrerilla, y gracias a su musculatura, tiró abajo la puerta.

El panorama era el de un piso descuidado y sucio. Montones de papeles se repartían desordenadamente por el suelo, y en las paredes había innumerables manchas oscuras y humedades. Y las voces seguían. Y Rob las siguió a ellas. Provenían de una habitación al fondo del pasillo principal que se había encontrado nada más entrar. La puerta estaba cerrada, y tan demacrada y sucia como las demás. Tomó el pomo con delicadeza y, sin inmutarse, abrió.

En el cuarto había solamente una mesa de madera. Ni sillas, ni alfombras, ni armarios, ni nada más. Una mesa y, claro, una ventana. Y encima de la mesa,

(las voces)

una grabadora.

“Joder, en funcionamiento”, se dijo Rob. La ventana estaba cerrada. Buscó otra habitación que tuviera ventana a esa calle y sólo encontró una más, un dormitorio infantil pobremente decorado. Y la ventana también estaba cerrada y no tenía cortinas. Miró a través de ellas y vio cómo aún el soldado seguía hablando, y cómo el público atendía en silencio. Rob golpeó furiosamente la pared, y un puñadito de polvo se desprendió de ésta. “Es el otro”.

Salió de aquel piso rápidamente y, sin esperar, tiró la puerta abajo. Rob paró un momento; le sorprendió ver que la decoración y suciedad de aquel piso era exactamente igual al otro. Los papeles ahora se le antojaban ordenados y colocados y las manchas que recordaba se repetían ahora en la pared. Entonces, Rob se dirigió a la primera habitación que había registrado en el otro piso. Y allí estaba. La ventana de cortinas de círculos rojos y verdes. Y el brillo. Frente a la ventana, un arma francotirador apuntaba al cielo, sin ningún hombre para dispararla. Rob se asomó y vio lo mismo que había visto antes. El discurso, pensó, estaría a punto de terminar. Fijó la vista en el que hablaba.

“Señores, mi nombre es Ned Malone y nací en Maine”, dijo, y con eso, finalizó. Se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y Rob no dio crédito a lo que pasó después. Casualmente, o no, cuando el público empezó a aplaudir, el arma, lentamente comenzó a girar, fijando su punto de mira en el hombre a la izquierda del soldado. El senador. Rob tiró de la máquina con todas sus fuerzas, pero ella no paró en su recorrido. Entonces, él sacó el tronco por la ventana y comenzó a mover los brazos y a gritar. Afortunadamente, el senador le vio, pero no a tiempo.

Él se intentó apartar, un disparo silenció al público y una bala surcó el cielo.

3

El público comenzó a gritar, los más histéricos a gritar, y a correr en todas direcciones. Uno de los que guardaba la seguridad del evento se acercó al cuerpo caído del senador y comprobó que, por suerte, el disparo no le había dado (“Maldita sea”, pensó El Criminal). Éste le indicó dónde había visto el arma y una brigada de policías se fue al lugar. Cuando estuvieron arriba, detuvieron a la única persona que encontraron.

Mientras, abajo, sus numerosos guardaespaldas le aconsejaron entrar debajo del escenario, y así lo hicieron él, Ned Malone y varios de seguridad. Allí abajo, la luz era débil y el agujero que había hecho la bala hacía una raya de luz nítida. Aunque no costaba mantenerse de pie, aunque algunos tocaran el techo con la cabeza, se sentaron, apoyando la espalda en las diversa barras de metal que formaban la estructura del escenario.

Hubo numerosas intervenciones, la mayoría preguntando por la salud de las figuras importantes, pero entonces entró un policía, informando de que habían encontrado a un tipo con varios kilos de explosivos corriendo hacia el escenario.

–Fue absurdo –relató –. Simplemente absurdo. Corría gritando, y en cuanto le cogimos, en vez de activar la carga, siguió gritando. De hecho, no le hemos encontrado el activador, no sé si ni siquiera llevará. Estaba loco.

El agente se marchó y el silencio volvió a inundar el interior de aquella telaraña metálica.

–Realmente debía de estar loco –comentó el senador, apaciguando el ambiente.

–¿Por qué? –quiso saber Ned.

–Querer quitarse la vida, y hacerlo de una forma tan… inútil y descarada.

–Eso no es estar loco –sentenció firmemente Ned –. En verdad, aún no perdió el momento. Simplemente, es luchar por unos objetivos que no se dan en toda la sociedad. Luchar por algo que la mayoría no acepta.

–Jesús, ¡pero pone en peligro la vida de otros aparte de la suya!

–Bien… Entonces, sí, puede que todos nos volvamos locos en algún punto de nuestra vida. Y más usted, con su ingenua invasión a otros países…

–¡No le consiento que…! –le interrumpió.

–Silencio –le devolvió la interrupción, éste mucho más calmado –. Nadie elige querer matar a alguien. En todo caso, es ese ‘alguien’ quien hace que una persona le quiera matar. Y usted ha hecho lo suyo.

–¿Me está diciendo que…?

–Que se calle –Ned se levantó –. Por favor –y le dedicó una sonrisa amable –. Unos enloquecen cuando empiezan a respirar, y nacen asesinos, viles y crueles. Otros, cuando están próximos a morir. Permítame hacerle una demostración.

Anduvo lentamente, y se paró cuando la raya de luz que provenía del agujero le atravesaba. Miró al frente, e imitó de forma absurda la firmeza de los soldados.

–¿Cree que yo estoy loco? –dijo –. ¿Lo cree usted, acaso?

El senador balbuceó y no acertó a pronunciar ninguna palabra inteligible.

–Compruébelo. No ahora. Espere –dicho esto, se sacó del bolsillo de la chaqueta un dispositivo gris con dos botones rojos. Con la mano con la que lo sujetaba, hizo un gesto de despedida, y pulsó el botón de más abajo.

Él no se intentó apartar, un disparo silenció al público presente, y una bala surcó el cielo.

4

Tras aquella macabra escena, pasaron unos minutos en silencio, rodeando aquel cuerpo, habitado por aquella mente tan loca y a la vez maravillosa, que sangraba sin fin.

Unos policías les dieron salida a todos y, uno por uno, fueron saliendo de allí. Por fin, parecía que todo había terminado.

De camino al furgón que le llevaría a su hogar, un agente de policía le indicó, señalando un coche patrulla que se encontraba cercano, dónde se encontraba el hombre que había intentado suicidarse. Desde allí se oían los gritos.

Entonces, se asomó a la ventana cerrada un rostro frívolo, de dientes amarillentos, que seguía gritando cosas apenas entendibles.

“En verdad, aún no perdió el momento”, había dicho Ned, y el senador lo recordó. Lo recordó, sí, pero de poco sirvió. El coche patrulla estalló en mil pedazos, llevándose la vida de cuantos había allí presentes.

Nadie se intentó apartar. Ningún disparó silenció a nadie y no, ninguna bala surcó el cielo.