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domingo, 1 de febrero de 2009

El futuro

La casa estaba prácticamente devorada al completo por las llamas. Pero no había bomberos. Ni ambulancias, ni policía. Ni siquiera aficionados observando recrearse al fuego. Nadie.

La abandonada casa había prendido como un fósforo, apenas en unos minutos. Dicha casa podría llevar lustros abandonada como una hoja en otoño, solitaria, al final de la calle. Patrick marcó el número del 091 y dio la voz de alarma.

-contestó Patrick–, al final de la calle St. Royale, cruzando con Queen St. –Veinte minutos. Tardarían unos veinte minutos.

De repente, enmudeció al oír una voz desgarradora en su interior. Era imposible que hubiera alguien allí dentro, salvo que se tratara del causante del fuego

En un arranque absurdo de valentía, entró en la casa. Patrick no supo reconocer el origen de la voz, pero un pálpito le llevo a la segunda planta. Segunda de tres, a la que llegó con varios apuros. No menos de los que pasaría en la planta dos, puesto que el techo de ésta estaba en peor estado que el de abajo. Aun así, tuvo que saltar varios huecos producidos en el suelo.

Había tres puertas y, como comprobó, una llevaba al cuarto de baño, otra a un dormitorio, ambas vacías, y se dispuso a comprobar la tercera. El fuego salía de los muebles de una forma regular y, en cierto modo, ordenada. Había una cama. Sentada, apoyada en ella, una figura.

Una mujer.

La voz.

Era mío –repetía–. Era mío. Era mío. Era mío. Era mío.

En sus brazos acunaba un bebé tapado, envuelto por unas mantas. Patrick le ayudó a incorporarse, pero ésta se negó (Era mío. Era mío).

No hay tiempo, señora.

La figura levantó la mirada, una mirada fría en un rostro pálido y agotado. Tras varias negaciones de la anciana, Patrick intentó arrebatarle el bebé, en vano, consiguiendo sólo tirar las mantas al suelo.

Podrido.

El bebé estaba podrido. Verde. Podrido en la superficie, y seguramente por dentro.

Podrido, dando aspecto asqueroso. Sus cuencas estaban vacías y la boca, pidiendo una silenciosa ayuda.

Patrick tuvo ganas de vomitar. Siguió en sus esfuerzos de sacar a ambas personas.

Tras varios intentos, ambos se precipitaron catastróficamente al fuego. La mujer comenzó a gritar y, pese al intento de Patrick de no creerlo, el bebé también. Vivía.

Los muebles formaban una hilera en el suelo, una hilera de luz y calor. Viendo que la anciana quería morir allí, y que el bebé sufriría más vivo, huyó de la casa. Sorteó toda clase de objetos, y terminó la escalera. Sus ropas ardían, y allí estaba la anciana con el bebé.

Era mío. Era mío. Mío.

Patrick la apartó de un golpe y siguió en línea recta, sin preocuparse por ella.

Cuando iba a salir, en la entrada tropezó y, a regañadientes con su mente, recogió la manta de un bebé que encontró por sorpresa.

Salió a la calle, que seguía desierta, y se tiró al suelo. Sus ropas estaban intactas.

La manta, que había encontrado putrefacta y rota, aún mantenía la etiqueta de la tienda, y estaba en perfecto estado.

Temiendo encontrar lo que finalmente encontró, miró a la casa. Estaba cerrada, rodeada con un espléndido jardín.

Patrick se horrorizó al comprobar que en una de las ventanas se asomaba una mujer y un hombre, aparentemente casados. Eran felices.

Al momento, apareció la madre de alguno de ellos, ya entrada en edad, con un bebé en brazos.

Éste estaba desnudo.

Zombis de cera

Nota del autor:

Bendito Lector, si me seguiste con tu lectura desde el principio, sigue leyendo esta nota, con la que sólo deseo comunicarle a usted que este es el primer relato que escribí, y por tanto, podrá ver que el concepto del mismo que tenía en ese tiempo es el de 'historia algo abstracta y breve con final disperso'. Bien, aclarando esto, por favor, no le hago de rogar, y comience su lectura, que le deseo sea plácida y amena.



Era el día especial de terror en el museo de cera. Patrick había pagado dieciocho dólares y, la verdad, le estaba pareciendo decepcionante y un derroche de dinero.

La exposición en sí constaba de varias secciones: había pasado ya por la de absurdos esqueletos, irreales zombis y poco detallados hombres lobo, y estaba acabando la de ‘Mitos del Cine de Terror’. Apenas era posible ver un buen Norman Bates, una decorada y óptima representación de ‘Los pájaros’ y poco más. Ahora procedía a adentrarse en la última sección, de la que se desconocía el tema.

Una vez dentro, la temática fue fácil de definir. Asesinatos. Sí, asesinatos, gente muriendo, sangra. Esta sala añadía una nueva ‘técnica’. De determinados orificios, que pretendían ser heridas, brotaba una fuente de líquido rojo, poco espeso, intentando simular sangra de un forma bastante ridícula. Lo macabro no apareció…

…hasta que lo vio. La excelente escultura. Era tan perfecta...

La sangra no brotaba disparada, sino lentamente, mirando, quizás acechando. Tan perfecta…

Allí no había nadie aprovechando la oportunidad de ver el realismo en aquel insulso museo. Esa escultura era tan perfecta…

Tan perfecta…

…que era real.

Era real.

Vivía.

Patrick apenas emitió un grito ahogado. Las cuerdas vocales no le respondieron. Y no espera que lo hicieran cuando aquella escultura movió los ojos. Ni cuando le penetró con su mirada hasta lo más profundo de su alma. No. Las cuerdas vocales no funcionarían aquella vez.

Tampoco lo harían cuando la figura se levantó y la siguieron las demás de la sala. Se encontró rodeado. Aquello era tan irreal como un sueño. Patrick fue a correr, pero sus piernas no respondieron. Aquello no podía ser verdad. De repente, eran las figuras tan perfectas…

Tan perfectas…

La puerta que daba a la siguiente exposición (que supuestamente sería la salida) estaba cerrada. Las figuras perfectas se le acercaban. Más y más. Patrick apartó las que pudo a puños. El roce con su piel las daba más realismo y, a la vez, más surrealismo a la escena. Eran tan perfectas…

En la siguiente exposición, figuras perfectas de Frankestein, Nosferatu, Drácula, Jack Torrance, Norman Bates, Freddy Kruger, y muchos más le esperaban.

Dios Santo –pensó la cabeza de Patrick.

Aquello era tan real como el agua que te cae en la ducha, y tan irreal como un sueño.

Como un sueño…

…o tal vez una pesadilla.

Las figuras perfectas se le acercaban más y más. Pegó puñetazos y patadas, la mayoría al aire, pocas dieron en algo sólido. Pero las que lo hicieron aclararon el camino hacia otra puerta.

Exposición 1.

Por un momento, un instante, la más ínfima parte de su mente, la neurona más pequeña, dio la esperanza de encontrar la exposición con todo en su sitio, cerca de la realidad.

La parte más ínfima de su mente se equivocó.

Zombis salidos de ‘La noche de los muertos vivientes’, esqueletos andantes y, lo que más temor le provocaba (dentro de lo que pudiera temer), los hombres lobo. Eran decenas. Varias decenas. Los zombis y esqueletos, el cuádruple. Cuando había pasado por allí no eran tan numerosos. Creía.

Pero no tuvo tiempo para razonar. Todo era tan perfecto. Tan perfecto…

Tan perfecto –la locura se adueñó de la mente de Patrick– que para qué estropearlo.

Patrick enmudeció. Y se quedó quieto, inmóvil. Sus músculos se relajaron, y no reaccionaron. Tampoco lo hicieron sus cuerdas vocales. Ni cuando bestias peludas (perfectas) se abalanzaron sobre él. No, ni cuando una de ellas le desgarró la piel del estómago. Ni cuando muchas cuchillas afiladas, quizás el cuchillo de Bates o las garras de Freddy, atravesaron su cráneo. No, no reaccionaron.

No querían reaccionar.

jueves, 29 de enero de 2009

El muerto. Homenaje a Edgar Allan Poe.

Si me hubiera quedado en el asesinato, lo más probable es que ustedes me tomen por un enfermo, loco. De hecho, lo habría sido. Pero lo cierto es que no fue asesinato.

Enterré el cuerpo en el acantilado de la costa, esperando que los gusanos cobraran su cuerpo y, así, mi venganza, sin pensar que los policías habían seguido el rastro de mi jeep desde la casa del muerto Robert, si es que estaba muerto.

Cuando se presentaron, ya estaba enterrado el cuerpo, oculto a la vista desde mi choza, donde recibí a los agentes.

Amable, les expliqué que había visitado a mi amigo Robert, pero no lo hallé en casa. “No llegué a entrar”, les dije.

Aunque si lo había hecho. Había entrado y abofeteado hasta la muerte a mi amigo. Unos vecinos avisaron a la policía, alegando haber oído gritos. No tardaron en llegar. Tuve que huir a toda prisa en mi jeep con el cuerpo en el maletero. Llegué aquí quince minutos más tarde. Había distraído a los policías.

Charlamos mientras caminábamos, acercándonos peligrosamente al lugar donde se hallaba Robert.

Creo sinceramente que mi amabilidad y decisión sirvió, y los agentes comenzaron a tratar otros temas ajenos.

Bordeamos el acantilado. Quince metros del cuerpo.

Imprevisiblemente, sudé. Sí, comencé a sudar.

Por suerte, ninguno de los dos agentes lo advirtió. O eso creí.

La playa estaba desierta, pero el paseo marítimo estaba cubierto por un sudario de luces de chiringuitos y tiendas.

Cuando llegamos encima del cuerpo, uno indicó que se parara. Había visto arena removida. Ambos me miraron, intentando descubrir en mi mirada una marca delatora. No me inmuté. Creí no inmutarme.

Intenté hacerles entrar en razón, explicándoles que habrían sido unos chiquillos jugando a los exploradores.

Aun así, empezaron a extraer la arena. Habrían sacado ya dos o tres centímetros de arena en una extensión de unos cinco decímetros cuadrados cuando uno tocó algo sólido (compacto, quiero decirles).

Un pedrusco colgó de la mano del inspector. En el siguiente medio minuto, la desesperación llegó a la cabeza del inspector. Arañó y rasgó, para no encontrar no más que piedras.

Mi plan surtió efecto. Desesperados, devolvieron parte de la arena a su sitio.

Tras unos minutos de sospecha e interrogatorio, volvimos a charlar animadamente. Debía sacarlos de allí cuanto antes, pero ellos hablaban, hablaban y hablaban. Animados, además.

Entonces, cuando sentía que, aunque tuviera que deshacerme de ellos rápidamente, aquello estaba saliendo realmente bien.

Pero, sin esperarlo, algo empezó a sonar dentro de mi cabeza.

(pum, pum)

Quizás podría llevar sonando todo el rato. Era un

(pum, pum)

sonido lejano y disperso. Parecía que hacía latir dentro de mi cabeza. El

(pum, pum)

sonido se amplificó en los siguientes minutos. Parecía temblar la tierra. Parecía que haría parar el mundo.

Pero los agentes charlaban sonrientes, sin dar cuenta del

(pum, pum)

sonido. Parecía que me haría enloquecer. Parecía que no pararía jamás. Entonces comprendí. El

(pum, pum)

sonido no era sino el corazón de Robert.

-Santa María, madre de Dios. ¡Saquen a esa alma en pena de ahí, antes de echar el aire que tienen sus pulmones!

R. Q.