jueves, 5 de febrero de 2009

"Imaginarios"

Tengo el placer de anunciaros que durante los días 6 y 7 de mayo de 2009 tendrá lugar en el Campus Universitario de Badajoz el I Foro Internacional de Sagas, dedicado por completo a las sagas fantásticas en el más amplio sentido, es decir, que no sólo se hablará de literatura fantástica, sino también de todo el universo que de ella emana: películas, juegos de rol, fan fiction...

El programa es amplio y variado, con una gran cantidad de ponentes de todas las nacionalides. Constará de una parte algo más "teórica" (charlas, ponencias, conferencias...) y otra más práctica (experiencias y talleres). Además, existirá una serie de actividades paraleas al foro, como una feria del libro fantástico, diversas presentaciones de libros o el Concurso de relato corto "Hijos del Dragón". También contará con la participación de distintas editoriales y de nombres tan conocidos como la ilustradora Cris Ortega (Forgotten) o el escritor Javier Negrete (La Espada de Fuego, El Espíritu del Mago...).

Además, los universitarios podréis obtener 1'5 crédtos de libre elección Wink

Tanto El Dragón Verde como la Asociación "Hijos del Dragón" colaborarán con este proyecto.

Os dejo la dirección de la web del evento y os animo a que lo difundais entre amigos y conocidos:

http://www.unex.es/eweb/sil/saga/sagas.html

Entre todos estamos consiguiendo que cada vez se organicen más cosas en Badajoz Wink

Nos vemos allí.



(Nota de R. Q.: ¡Gracias, Gar!)

lunes, 2 de febrero de 2009

Descenso. Relato en dos actos. Primera parte.

Nota del autor:

Cuando lean este relato, podrán darse cuenta, sobre todo ciertas personas, que existen nombres característicos. Pues bien, esto está basado en una 'historia real', ocurrida en el verano de 2008, en mi casa. A esas personas, bueno, que se diviertan, pues lo escribo con tinta de mi Alma, especialmente para vosotros. Que vuestro calor nunca deje de alentarme.



La mazmorra era inmensa. Los intrépidos aventureros Dune, Lhy, Monario, Saikon, Ahriel y Nigro la exploraban, dispuesto a encontrar a sus cautivos amigos Zhie, Sasazuka y Ath, que habían sido apresados por el Dragón Negro en la primera exploración.

Mientras avanzaban, la elfa Elibella les guiaba por transmisor. Según ésta, aún deberían quedar dos salas hacia delante, y luego habría que buscar el camino, pues ahí se tuvo la última noticia de los tres.

El humano Monario se hallaba frente a la puerta que les conduciría a la primera sala. Cuando se abrió, la puerta emitió un crujido que se ahogó en la interminable oscuridad.

Ahriel, a los lados –susurró.

Ahriel alzó ambos brazos, uno a cada lado, y unas antorchas iluminaron una larga sala. En ella, dormitaban tres tigres dientes de sable. Nigro, que lideraba ahora la comitiva, señaló al más cercano y se acercó con su incondicional sigilo. Cuando se halló a unos centímetros de la bestia, echó la vista atrás.

Los otros asintieron y desenfundaron sus armas. Espada, Dune; mágicos bastones, Ahriel y Lhy; como arma un hacha sacó Monario; un martillo Saikon. Nigro desenfundó dos afiladas dagas silenciosamente, y asintió también.

Rápida, silenciosa y definidamente, asestó dos golpes en el cuello al animal, que aulló en el umbral de la muerte. Los otros dos se despertaron.

A la legua veíase que uno era cuantiosamente de mayor tamaño al otro, al más cercano al grupo. Nigro y Dune avanzaron primero, saltando contra el primero. Con varios golpes consiguieron dañarlo gravemente, pero se mantuvo en pie. Saikon y Monario golpearon al otro, pero éste era fuerte y robusto, y dejó inconsciente a Monario y a Saikon lo expulsó a unos siete metros, cerca del otro, que le golpeó duramente, antes de que Dune le asestara el golpe final.

Dune y Nigro se acercaron al último, y consiguieron herirlo pero tampoco tuvieron suerte, y, rabiosamente, el tigre les devolvió el golpe.

Con lo cuatro guerreros en el suelo, corrió hacia Lhy y Ahriel, que se preparaban en posición defensiva. Ahriel le lanzó un hechizo que consiguió frenarle, pero cuando se recuperó, se lanzó hacia ella y la sujetó contra el suelo. Forcejearon, hasta que la muchacha sintió el hedor de la boca de la bestia a pocos centímetros de ella.

Entonces, cuando el tigre se proponía morderle el cráneo, un fuerte y severo hechizo producido por Lhy alejó e hirió a la bestia. Los cuatro guerreros, que se habían recuperado observando la escena, se abalanzaron sobre el tigre, que se hallaba indefenso.

Saikon dio el último golpe.

Su hacha atravesó el cuello de la bestia y, cuando levantó el arma, la cabeza se separó del tronco.

Lhy ayudó a Ahriel a levantarse. “Gracias”, dijo ésta.

************

La mayoría de las heridas eran superficiales, salvo una pequeña fractura de muñeca que sufría Dune. La batalla con los tigres había sido algo rápida, pero sufrida y dura. Esperaron unos instantes en la sala, reponiendo fuerzas, pero lo justo, pues sabían que no había tiempo que perder. “En la siguiente sala”, les informó Elibella, “es en dónde tenemos las última transmisión de Zhie y los otros”.

En la tercera sala, habíanse encontrado, simplemente, tres cabezas talladas en mármol, tres huecos para esas esculturas, y un pergamino. Ahriel se acercó y lo desenvolvió.

La lengua de los unicornios –explicó.

¿Sabrías traducirlo? –preguntó Dune.

Ahriel meditó unos instantes. Aquello podría costarle y quizás (probablemente) la traducción tendría fallos. Aún así, lo intentó. Leyó detenida, pausada y sabiamente el pergamino y, tras unos instantes, comenzó a leer tranquilamente.

Es un acertijo. Dice: "Tres dioses A, B, y C son llamados, en algún orden, Verdad, Falso, y Aleatorio. Verdad siempre habla expresando la verdad, Falso siempre habla expresando algo falso, pero la respuesta de Aleatorio es completamente aleatoria pudiendo ser verdadera o falsa. Su tarea es determinar las identidades de A, B, y C preguntando tres preguntas cuya respuesta es si o no; cada pregunta debe ser formulada a un único dios. Los dioses entienden español, pero contestarán todas las preguntas en su propio idioma, en el cual las palabras para Si y No son 'da' y 'ja', en algún orden. Usted no sabe que significado se asocia a cada palabra."

Todos los ojos en aquella sala se abrieron como platos. Bueno, menos dos…


R. Q.



This will continue...

domingo, 1 de febrero de 2009

El futuro

La casa estaba prácticamente devorada al completo por las llamas. Pero no había bomberos. Ni ambulancias, ni policía. Ni siquiera aficionados observando recrearse al fuego. Nadie.

La abandonada casa había prendido como un fósforo, apenas en unos minutos. Dicha casa podría llevar lustros abandonada como una hoja en otoño, solitaria, al final de la calle. Patrick marcó el número del 091 y dio la voz de alarma.

-contestó Patrick–, al final de la calle St. Royale, cruzando con Queen St. –Veinte minutos. Tardarían unos veinte minutos.

De repente, enmudeció al oír una voz desgarradora en su interior. Era imposible que hubiera alguien allí dentro, salvo que se tratara del causante del fuego

En un arranque absurdo de valentía, entró en la casa. Patrick no supo reconocer el origen de la voz, pero un pálpito le llevo a la segunda planta. Segunda de tres, a la que llegó con varios apuros. No menos de los que pasaría en la planta dos, puesto que el techo de ésta estaba en peor estado que el de abajo. Aun así, tuvo que saltar varios huecos producidos en el suelo.

Había tres puertas y, como comprobó, una llevaba al cuarto de baño, otra a un dormitorio, ambas vacías, y se dispuso a comprobar la tercera. El fuego salía de los muebles de una forma regular y, en cierto modo, ordenada. Había una cama. Sentada, apoyada en ella, una figura.

Una mujer.

La voz.

Era mío –repetía–. Era mío. Era mío. Era mío. Era mío.

En sus brazos acunaba un bebé tapado, envuelto por unas mantas. Patrick le ayudó a incorporarse, pero ésta se negó (Era mío. Era mío).

No hay tiempo, señora.

La figura levantó la mirada, una mirada fría en un rostro pálido y agotado. Tras varias negaciones de la anciana, Patrick intentó arrebatarle el bebé, en vano, consiguiendo sólo tirar las mantas al suelo.

Podrido.

El bebé estaba podrido. Verde. Podrido en la superficie, y seguramente por dentro.

Podrido, dando aspecto asqueroso. Sus cuencas estaban vacías y la boca, pidiendo una silenciosa ayuda.

Patrick tuvo ganas de vomitar. Siguió en sus esfuerzos de sacar a ambas personas.

Tras varios intentos, ambos se precipitaron catastróficamente al fuego. La mujer comenzó a gritar y, pese al intento de Patrick de no creerlo, el bebé también. Vivía.

Los muebles formaban una hilera en el suelo, una hilera de luz y calor. Viendo que la anciana quería morir allí, y que el bebé sufriría más vivo, huyó de la casa. Sorteó toda clase de objetos, y terminó la escalera. Sus ropas ardían, y allí estaba la anciana con el bebé.

Era mío. Era mío. Mío.

Patrick la apartó de un golpe y siguió en línea recta, sin preocuparse por ella.

Cuando iba a salir, en la entrada tropezó y, a regañadientes con su mente, recogió la manta de un bebé que encontró por sorpresa.

Salió a la calle, que seguía desierta, y se tiró al suelo. Sus ropas estaban intactas.

La manta, que había encontrado putrefacta y rota, aún mantenía la etiqueta de la tienda, y estaba en perfecto estado.

Temiendo encontrar lo que finalmente encontró, miró a la casa. Estaba cerrada, rodeada con un espléndido jardín.

Patrick se horrorizó al comprobar que en una de las ventanas se asomaba una mujer y un hombre, aparentemente casados. Eran felices.

Al momento, apareció la madre de alguno de ellos, ya entrada en edad, con un bebé en brazos.

Éste estaba desnudo.

Zombis de cera

Nota del autor:

Bendito Lector, si me seguiste con tu lectura desde el principio, sigue leyendo esta nota, con la que sólo deseo comunicarle a usted que este es el primer relato que escribí, y por tanto, podrá ver que el concepto del mismo que tenía en ese tiempo es el de 'historia algo abstracta y breve con final disperso'. Bien, aclarando esto, por favor, no le hago de rogar, y comience su lectura, que le deseo sea plácida y amena.



Era el día especial de terror en el museo de cera. Patrick había pagado dieciocho dólares y, la verdad, le estaba pareciendo decepcionante y un derroche de dinero.

La exposición en sí constaba de varias secciones: había pasado ya por la de absurdos esqueletos, irreales zombis y poco detallados hombres lobo, y estaba acabando la de ‘Mitos del Cine de Terror’. Apenas era posible ver un buen Norman Bates, una decorada y óptima representación de ‘Los pájaros’ y poco más. Ahora procedía a adentrarse en la última sección, de la que se desconocía el tema.

Una vez dentro, la temática fue fácil de definir. Asesinatos. Sí, asesinatos, gente muriendo, sangra. Esta sala añadía una nueva ‘técnica’. De determinados orificios, que pretendían ser heridas, brotaba una fuente de líquido rojo, poco espeso, intentando simular sangra de un forma bastante ridícula. Lo macabro no apareció…

…hasta que lo vio. La excelente escultura. Era tan perfecta...

La sangra no brotaba disparada, sino lentamente, mirando, quizás acechando. Tan perfecta…

Allí no había nadie aprovechando la oportunidad de ver el realismo en aquel insulso museo. Esa escultura era tan perfecta…

Tan perfecta…

…que era real.

Era real.

Vivía.

Patrick apenas emitió un grito ahogado. Las cuerdas vocales no le respondieron. Y no espera que lo hicieran cuando aquella escultura movió los ojos. Ni cuando le penetró con su mirada hasta lo más profundo de su alma. No. Las cuerdas vocales no funcionarían aquella vez.

Tampoco lo harían cuando la figura se levantó y la siguieron las demás de la sala. Se encontró rodeado. Aquello era tan irreal como un sueño. Patrick fue a correr, pero sus piernas no respondieron. Aquello no podía ser verdad. De repente, eran las figuras tan perfectas…

Tan perfectas…

La puerta que daba a la siguiente exposición (que supuestamente sería la salida) estaba cerrada. Las figuras perfectas se le acercaban. Más y más. Patrick apartó las que pudo a puños. El roce con su piel las daba más realismo y, a la vez, más surrealismo a la escena. Eran tan perfectas…

En la siguiente exposición, figuras perfectas de Frankestein, Nosferatu, Drácula, Jack Torrance, Norman Bates, Freddy Kruger, y muchos más le esperaban.

Dios Santo –pensó la cabeza de Patrick.

Aquello era tan real como el agua que te cae en la ducha, y tan irreal como un sueño.

Como un sueño…

…o tal vez una pesadilla.

Las figuras perfectas se le acercaban más y más. Pegó puñetazos y patadas, la mayoría al aire, pocas dieron en algo sólido. Pero las que lo hicieron aclararon el camino hacia otra puerta.

Exposición 1.

Por un momento, un instante, la más ínfima parte de su mente, la neurona más pequeña, dio la esperanza de encontrar la exposición con todo en su sitio, cerca de la realidad.

La parte más ínfima de su mente se equivocó.

Zombis salidos de ‘La noche de los muertos vivientes’, esqueletos andantes y, lo que más temor le provocaba (dentro de lo que pudiera temer), los hombres lobo. Eran decenas. Varias decenas. Los zombis y esqueletos, el cuádruple. Cuando había pasado por allí no eran tan numerosos. Creía.

Pero no tuvo tiempo para razonar. Todo era tan perfecto. Tan perfecto…

Tan perfecto –la locura se adueñó de la mente de Patrick– que para qué estropearlo.

Patrick enmudeció. Y se quedó quieto, inmóvil. Sus músculos se relajaron, y no reaccionaron. Tampoco lo hicieron sus cuerdas vocales. Ni cuando bestias peludas (perfectas) se abalanzaron sobre él. No, ni cuando una de ellas le desgarró la piel del estómago. Ni cuando muchas cuchillas afiladas, quizás el cuchillo de Bates o las garras de Freddy, atravesaron su cráneo. No, no reaccionaron.

No querían reaccionar.

El irrepetible caso del demonio parlante. Relato en tres actos.

(uno)

Ya no recuerdo el caso que tratábamos aquel día. Quizás algún extraño asesinato; o el robo de cuadros de lujo o famosos. No sé.

El caso es que el intrépido detective Edward Grey y yo, su humilde ayudante, enlazábamos cabos en su casa de campo. El Sol empezaba a huir de la noche, que se anunciaba lentamente, opuesta al crepúsculo, como un manto oscuro. Quizás las ocho.

Fue él el primero que lo oyó. Un grito débil que yo apenas logré descifrar; luego perfectamente audible. Si antes era lejano, entonces estaba tan cercano como la noche.

Salimos de la casa, dispuestos a examinar el largo huerto vecino, en el cual habíamos situado colocado los gritos.

Una hilera de olivos frondosos y altos brotaban de la labrada tierra. Cercano a la rural casa de Mr. Grey hallamos a un tipo atado de pies y manos, ahorcado en uno de ellos. Más tarde, bendije nuestra suerte, pues, en el último hálito de vida, el desdichado alcanzó a pronunciar:

––La puerta… no… calavera… no…

Quizás, Bendito Lector, resulte ahora inquietante, pero en aquel momento lo que me sorprendió a mí, como le comuniqué a Mr. Grey, fue el propio hecho de que sólo tres pares de pisadas llegaban al lugar. Dos eran nuestras. La otra debería ser del muerto, pero, en ese caso, ¿cómo pudo colgarse con las manos y pies atados o, de otro modo, haberse atado las extremidades una vez ahorcado?

Dicho esto, empezamos a considerar la idea del asesinato. Mas es cierto que aquello tampoco encajaba en la escena. Sino, ¿cómo diablos traería el asesino al muerto?, quise preguntar, y pregunté a Mr. Grey. La respuesta fue fácil. A cuestas.

Pero aquello, maldita sea, traía más problemas. Primero, y más importante, que las huellas desconocidas sólo se dirigían al árbol; no había vuelta. Aquello nos demostraba que, ni más ni menos, de tratarse de un asesinato, el asesino aún estaría allí. Y otro interrogante era si sería tan fornido como para traer para el muerto, soga para el cuello y para las manos y pies, sendas cintas.

Mientras yo temía encontrar un musculoso hombre dispuesto a que corriéramos la misma suerte que el que estaba a unos metros por encima del suelo, Grey ya examinaba las huellas. Éstas eran poco profundas, casi hechas por gente levitando, pero perceptibles. No nos costó descifrar que si habría de haber llevado soga, cinta y un cuerpo encima, el pie se habría hundido al menos tres centímetros más.

Seguimos el rastro de las huellas que, para seguir oscureciendo la resolución del enigma, nos llevaron a otro olivo.

No encontramos nada que resaltar a primera vista. Tras unas investigaciones, hallé en la copa una extraña y amorfa pieza de lo que podría ser yeso.

Cuando vimos que tardaríamos en saber qué hacer con eso, volvimos a casa. Mientras el detective Grey avisaba a los gendarmes dándoles exactas localizaciones de la escena, yo caí en la cuenta de algo quizás esencial.

Suponiendo (era casi seguro) de que aquello fuera yeso, la pieza era excesivamente pesada para aquel material. Le comuniqué a Mr. Grey mi hallazgo; razonamos que algo debía de haber dentro. “Al fuego, rápido”, clamó Edward Grey.

Así lo hice, y no habrían pasado ni dos minutos cuando el material comenzó a desaparecer, y ni diez cuando algo brilló en su interior. Lo dejamos unos minutos más y, a causa de mi tolerable inexperiencia, me quemé los dedos al coger el metal, que ardía, lógicamente. Cuando hubo reposado un tiempo, lo llevé de nuevo a mis doloridas manos. Tratábase de una preciosa, perfecta y detallada calavera de metal.

(dos)

“Santo Dios”, suspiró Mr. Grey. Sus grandes dotes en la magia antigua le habían dado el conocimiento sobre qué era aquella calavera. No era más que un demonio parlante. “Dormido”, me especificó.

Aunque no me lo confesó, en sus actos noté que me ocultaba algo, y que a esas alturas sabía algo de cómo podía haber muerto el ahorcado.

“Habrá que invocarle”, me explicó. “Atiende, y guarda esto como el mayor secreto que hayas albergado.” Asentí. “Yo tengo la manera de invocarle, que no te revelaré. Pero te necesito más adelante. Cuando el demonio venga, se acerque, tendrás que distraerlo, para que pueda ver su Objeto Portado”

No entendí muy bien eso de ‘distraerlo’, pero asentí repetidamente. También lo hice cuando me pidió que cerrara los ojos.

Ahora sólo oía su voz.

In nomine de Satanás”, repetía. “Cuidado”, me advirtió. “Ya viene”.

Y lo hizo.

Una furia azotó mi cuerpo por dentro. Grité a pleno pulmón. Bueno, yo no grité. Gritó mi Alma, que mantenía una lucha encarnizada con el demonio. Como comprobé, éste no era físico, sino una fuerza espiritual, robusta como un roble, y tan a la vista como el aire.

Pasaron horas o segundos, lustros o días cuando ‘desperté’. Mi lucha aún continuaba, pero conseguía mantener al espíritu extranjero a raya.

Mr. Grey observaba una puerta. Una puerta abierta en la nada. Sus ojos estaban horrorizados. La cerró de golpe.

Mis ojos se obligaron a cubrirse con los párpados.

Recitó más frases en latín y, de repente, la lucha cesó. Silencio. Noté paz y armonía en mi interior. Como nunca.

“Quema la casa”, dijo. La puerta desaparecía poco a poco, como si fuera de un polvo ingrávido. “Quema todo. Y aparta esa cosa de mi vista”, dijo, refiriéndose a la calavera.

(tres)

Más tarde, le pregunté qué había visto tras la puerta. El caso no salió de nosotros, y el incendio se tapó de accidente. No hubo explicación para el ahorcamiento.

“Vi el Tiempo. El Tiempo y la Codicia. Vi nuestra generación morir, y otras diez nacer. Vi eso, y mucho más. Vi el mismísimo infierno. Y cómo las almas perdidas vagaban en él. Vi la Nada, pero lo vi Todo. Vi la Necesidad, y el Hambre. Vi el Bien, pero irremediablemente vi el Mal. Esa visión llevó al suicidio a aquel pobre ahorcado, guiado por el mismísimo Diablo. Pero también por Dios. El Mal y el Bien radican en un único sitio. La Puerta. La Puerta entre lo divino y lo infernal, entre la Necesidad y el Lujo, entre izquierda y derecha, entre Norte y Sur, entre Este y Oeste. La Puerta entre los Mundos. Los Mundos de la Puerta. La Puerta de los Mundos”.

sábado, 31 de enero de 2009

S. Calixto Plasencia-UNAEX 36 - 64 B.C.B. A

Excelente partido marcado por un trepidante comienzo (4-21), un segundo cuarto también arrollador (12-39), un tercer cuarto algo más relajado (24-51) y un decisivo cuarto tiempo (36-64), en el que quizás nos favoreció la pronta lesión de uno de sus grandes jugadores (primer cuarto).

Tras este abrumador partido, y tras la, espero, decisión de victoria en el anterior partido, no situaríamos líderes del Título A, 2ª fase.

¡B-C-B!

jueves, 29 de enero de 2009

El muerto. Homenaje a Edgar Allan Poe.

Si me hubiera quedado en el asesinato, lo más probable es que ustedes me tomen por un enfermo, loco. De hecho, lo habría sido. Pero lo cierto es que no fue asesinato.

Enterré el cuerpo en el acantilado de la costa, esperando que los gusanos cobraran su cuerpo y, así, mi venganza, sin pensar que los policías habían seguido el rastro de mi jeep desde la casa del muerto Robert, si es que estaba muerto.

Cuando se presentaron, ya estaba enterrado el cuerpo, oculto a la vista desde mi choza, donde recibí a los agentes.

Amable, les expliqué que había visitado a mi amigo Robert, pero no lo hallé en casa. “No llegué a entrar”, les dije.

Aunque si lo había hecho. Había entrado y abofeteado hasta la muerte a mi amigo. Unos vecinos avisaron a la policía, alegando haber oído gritos. No tardaron en llegar. Tuve que huir a toda prisa en mi jeep con el cuerpo en el maletero. Llegué aquí quince minutos más tarde. Había distraído a los policías.

Charlamos mientras caminábamos, acercándonos peligrosamente al lugar donde se hallaba Robert.

Creo sinceramente que mi amabilidad y decisión sirvió, y los agentes comenzaron a tratar otros temas ajenos.

Bordeamos el acantilado. Quince metros del cuerpo.

Imprevisiblemente, sudé. Sí, comencé a sudar.

Por suerte, ninguno de los dos agentes lo advirtió. O eso creí.

La playa estaba desierta, pero el paseo marítimo estaba cubierto por un sudario de luces de chiringuitos y tiendas.

Cuando llegamos encima del cuerpo, uno indicó que se parara. Había visto arena removida. Ambos me miraron, intentando descubrir en mi mirada una marca delatora. No me inmuté. Creí no inmutarme.

Intenté hacerles entrar en razón, explicándoles que habrían sido unos chiquillos jugando a los exploradores.

Aun así, empezaron a extraer la arena. Habrían sacado ya dos o tres centímetros de arena en una extensión de unos cinco decímetros cuadrados cuando uno tocó algo sólido (compacto, quiero decirles).

Un pedrusco colgó de la mano del inspector. En el siguiente medio minuto, la desesperación llegó a la cabeza del inspector. Arañó y rasgó, para no encontrar no más que piedras.

Mi plan surtió efecto. Desesperados, devolvieron parte de la arena a su sitio.

Tras unos minutos de sospecha e interrogatorio, volvimos a charlar animadamente. Debía sacarlos de allí cuanto antes, pero ellos hablaban, hablaban y hablaban. Animados, además.

Entonces, cuando sentía que, aunque tuviera que deshacerme de ellos rápidamente, aquello estaba saliendo realmente bien.

Pero, sin esperarlo, algo empezó a sonar dentro de mi cabeza.

(pum, pum)

Quizás podría llevar sonando todo el rato. Era un

(pum, pum)

sonido lejano y disperso. Parecía que hacía latir dentro de mi cabeza. El

(pum, pum)

sonido se amplificó en los siguientes minutos. Parecía temblar la tierra. Parecía que haría parar el mundo.

Pero los agentes charlaban sonrientes, sin dar cuenta del

(pum, pum)

sonido. Parecía que me haría enloquecer. Parecía que no pararía jamás. Entonces comprendí. El

(pum, pum)

sonido no era sino el corazón de Robert.

-Santa María, madre de Dios. ¡Saquen a esa alma en pena de ahí, antes de echar el aire que tienen sus pulmones!

R. Q.